Planeta Gayfolk

Humor

El mercadillo del Planeta Gayfolk: vestidos de diva a cinco euros, regateo y el misterioso coordinador

Por ·

Fotograma del videoclip de «Marica chill», de Mike Sain't Louis, con una persona con vestido de flores paseando por un paseo marítimo, en la portada de «El mercadillo del planeta»

Domingo por la mañana. Hace sol, o amenaza lluvia, da igual. En una explanada a las afueras del pueblo, o en una calle cuesta abajo del centro de la ciudad, decenas de lonas de colores se extienden sobre estructuras metálicas. Hay bragas de tres en tres, sartenes, cargadores de móvil, vestidos de flores colgados de perchas, discos de vinilo con la funda rota, aceitunas en barreño y un señor con megáfono que grita que todo está a un euro. Es el mercadillo, una de las instituciones más democráticas y caóticas que existen.

El Planeta Gayfolk también tiene su mercadillo. Aparece en las letras de Mike Sain't Louis de tres maneras distintas: como pasarela de moda, como insulto recurrente y como sección de taras. En este artículo damos una vuelta por los puestos con la cartera bien guardada, preguntando precios, regateando un poco y probándonos cosas detrás de una cortina improvisada.

Una diva con vestido de mercadillo

La aparición más luminosa del mercadillo en el planeta está en «Marica chill», del segundo álbum. El narrador baja a la calle sin vergüenza, sin estrés y con un estilismo muy concreto: en uno de los versos se pasea como una diva, en inglés, con su «mercadillo dress».

Esa imagen es una declaración de principios. No hace falta un vestido de diseñador para caminar como una diva. Basta con uno de mercadillo, de esos que cuestan cinco euros, que tienen un estampado de flores un poco chillón y que, con la actitud adecuada, se convierten en alta costura. La elegancia no está en la etiqueta, está en cómo se pisa.

La canción mezcla inglés y español con la misma alegría con la que mezcla tacones y playa. El diario del planeta la leyó como una defensa del derecho a ser ridículo, y algo de eso hay en el vestido de mercadillo: ponérselo con orgullo es reírse de la idea de que el estilo se compra caro.

La pasarela de los domingos

Cualquiera que haya ido a un mercadillo sabe que es, en realidad, una pasarela. Allí se ve de todo: la señora que va con su carro de la compra como si fuera un bolso de lujo, el chaval que se prueba gafas de sol falsas delante de un espejo de mano, la pareja que discute si el mantel es demasiado hortera, el abuelo que se lleva tres camisetas de fútbol de equipos que no conoce.

En ese desfile, la moda no la dictan las revistas. La dictan los puestos. Si este domingo hay un camión entero de pantalones de chándal fucsia, la semana que viene medio barrio irá de fucsia. Hay algo muy camp en eso: la moda de mercadillo es exagerada, accidental y profundamente libre.

El vídeo de «Marica chill», del que sale la imagen de la portada de este artículo, tiene ese mismo espíritu. Paseos marítimos, sol, vestidos de flores, gente que baila en la arena. Es un verano donde la ropa sirve para divertirse, no para impresionar.

El coordinador de mercadillo

Y ahora vamos con el personaje más misterioso del planeta. En varias canciones aparece un cargo muy concreto: el coordinador de mercadillo. Nadie sabe exactamente qué coordina. ¿Los turnos de los puestos? ¿El reparto de las lonas? ¿Quién pone las aceitunas y quién los calcetines? El cargo suena importante y, a la vez, tremendamente ridículo, y por eso funciona tan bien como mote.

En «Asqueroso coordinador», del primer álbum, el narrador se dirige a él directamente:

¿Sabes qué te digo, coordinador de mercadillo?

La pregunta es retórica. Lo que viene después es una despedida furiosa y cómica a un personaje inventado que se daba mucha importancia. Lo que hace gracia es la distancia entre el ego del personaje y la modestia de su cargo. Coordinar un mercadillo es un trabajo digno, por supuesto, pero no te convierte en ministro.

El mismo título reaparece en otras letras, como «Esperma» o «Carta de recomendación», casi como un apellido. Es una técnica muy de humor de barrio: elegir un detalle concreto y repetirlo hasta que se convierte en la definición de alguien. El diario analizó el tono de esa canción como despecho camp, y el coordinador es, sin duda, su gran villano de cartón piedra.

Noventa por ciento falsificación

El mercadillo tiene también su lado oscuro, y el planeta lo sabe. En «Doña Rogelia», del segundo álbum, aparece una descripción que podría ser el cartel de cualquier puesto de imitaciones:

Fotogramas del videoclip oficial de «Marica chill», de Mike Sain't Louis

diez por ciento original y noventa por ciento falsificación, sección de taras procedente de una devolución.

Pocos versos describen mejor el ambiente de ciertos puestos. Bolsos con logotipos que casi, casi parecen los de verdad. Zapatillas con una raya de más. Perfumes con nombres que suenan a marca famosa con una letra cambiada. Y, al fondo, la sección de taras: cosas con un defecto de fábrica, devueltas por alguien que no las quiso, rebajadas a precio de saldo.

La canción usa esa imagen para hablar de una persona, no de un bolso, y el diario lo explica en su lectura de el arte como karma. Pero la metáfora funciona porque todos hemos estado delante de ese puesto. Todos hemos sostenido un reloj sospechosamente barato y nos hemos preguntado si era una ganga o una estafa.

Regatear, un arte en peligro de extinción

En el mercadillo se regatea. O, al menos, se regateaba. Hubo una época en que preguntar el precio de algo era solo el primer movimiento de una partida de ajedrez. El vendedor decía una cifra, tú ponías cara de escándalo, él bajaba un poco, tú hacías ademán de irte, él te llamaba, y al final los dos quedabais satisfechos con un precio que nadie había dicho al principio.

Regatear tiene sus reglas no escritas. No se regatea por cosas que ya valen un euro, porque es de mal gusto. No se regatea con desprecio, porque el vendedor también tiene que comer. Se regatea con humor, con paciencia y con la disposición a irse de verdad si el precio no convence. Y, sobre todo, se regatea más fácil si te llevas varias cosas: «¿Y si me llevo las tres?» es la frase mágica.

Hoy, con los precios marcados en carteles de cartón y los pagos con el móvil, el regateo está perdiendo terreno. Pero en algunos puestos sobrevive, sobre todo en los de antigüedades y en los de ropa de segunda mano. Es un pequeño teatro que merece la pena conservar.

El Rastro de Madrid

En Madrid, hablar de mercadillo es hablar del Rastro. Se monta los domingos y festivos por la mañana en el barrio de Embajadores, con la calle Ribera de Curtidores como columna vertebral y la plaza de Cascorro como punto de partida. Está documentado desde mediados del siglo XVIII, reúne cada semana a más de mil vendedores y tiene una fama que ha cruzado fronteras: es parada obligatoria para turistas y para madrileños con resaca.

El nombre tiene una explicación que se repite mucho, aunque como pasa con casi todos los orígenes castizos, conviene tomarla con prudencia. La zona estaba ocupada por el antiguo matadero y por las tenerías donde se curtían las pieles, y el rastro de sangre que dejaban los animales al ser arrastrados de un sitio a otro habría dado nombre al barrio. De ahí también la calle de los curtidores.

En el Rastro se encuentra de todo. Muebles antiguos, cómics, ropa militar, cuadros de dudosa autoría, cámaras de fotos de carrete, juguetes de los ochenta y, en las calles laterales, tiendas de anticuarios que abren solo para la ocasión. También es un sitio donde siempre ha habido presencia LGTBI, por cercanía con el centro y porque es uno de los lugares donde las estéticas alternativas se han surtido durante décadas.

El Rastro de la Movida

El Rastro tiene, además, un lugar especial en la historia cultural de Madrid. En los años ochenta, el barrio fue uno de los escenarios de la Movida. Por sus calles se movían fotógrafos, ilustradores, músicos y gente de la noche que buscaba ropa imposible, discos raros y objetos para decorar pisos sin muebles. En la zona de Cascorro funcionó un colectivo de artistas en el que estaban, entre otros, el ilustrador Ceesepe y el fotógrafo Alberto García-Alix.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «Les mando besitos y pongo reggaetón Marica chill, sin pena, sin stress» de «Marica chill»

El cine también pasó por allí. «Laberinto de pasiones», de Pedro Almodóvar, estrenada en 1982, arranca con sus protagonistas paseando por el Rastro y mirando sin disimulo a los chicos que se cruzan, como si el mercadillo fuera un escaparate de algo más que ropa. Muy cerca hay un restaurante que aparece en esa misma película. Es difícil encontrar una escena más camp y más madrileña a la vez: el mercadillo como lugar de ligue, de moda y de exhibición.

El planeta mira a Almodóvar a menudo, y esa mezcla de cutrez y glamour que tiene su primer cine encaja de maravilla con el «mercadillo dress». Una diva de cinco euros habría sido perfecta como figurante en aquella película.

El planeta y la ropa de segunda mano

La ropa de segunda mano tiene hoy un prestigio que hace treinta años no tenía. Se llama «vintage», se vende en tiendas con iluminación cuidada y se presenta como alternativa sostenible a la moda rápida. Pero mucho antes de que se pusiera de moda, el mercadillo ya era el lugar donde la gente sin dinero, los artistas y los chicos raros de cada barrio buscaban algo diferente que ponerse.

En el planeta, la segunda mano aparece también en sentido figurado. En «Ni un pimiento», el narrador describe a un personaje con un verso que parece sacado de una etiqueta de saldo:

Si es que encima estaba caducado y era de segunda mano, estaba toqueteado

Es humor cruel, el de alguien que hace inventario de un ex como quien tasa un mueble viejo. El diario ya hizo esa tasación en otra entrada, así que aquí nos quedamos con la imagen: la segunda mano puede ser un tesoro o un trasto, según quién la mire y con qué ganas.

La Shakira del Todo a un Euro

Primo hermano del mercadillo es el bazar, con sus pasillos estrechos y su olor a plástico nuevo. El planeta tiene una canción entera dedicada a ese universo:

Es la Shakira marica del Todo a un Euro

El verso pertenece a «La Shakira y el pique de todo a 1 euro», donde un personaje se convierte en estrella de bazar, con brillo de imitación y glamour de estantería baja. El diario lo describió como una pareja de bazar, y la expresión es perfecta: hay amores de boutique y amores de Todo a un Euro.

Lo divertido del bazar, igual que del mercadillo, es que no pretende ser otra cosa. No engaña sobre su precio. El problema llega cuando lo barato se hace pasar por caro, como el bolso del noventa por ciento falsificación. La honestidad del Todo a un Euro tiene algo entrañable.

Fauna del mercadillo

Todo mercadillo que se precie tiene una serie de personajes fijos. Hagamos un pequeño censo, con cariño.

Collage con un detalle de la carátula de «Marica chill» y las carátulas de «Asqueroso coordinador», «Doña Rogelia», «La shakira y el piqué de todo a 1 euro»

El vendedor de megáfono, que grita ofertas como si estuviera retransmitiendo un partido. «¡Señora, que me las quitan de las manos!». Nadie le ha quitado nada de las manos en tres horas, pero su entusiasmo es contagioso.

La compradora experta, que llega a primera hora con su carro, conoce a todos los vendedores por su nombre y sabe qué puesto tiene las mejores sábanas y cuál vende los melones más dulces. Es una especie de coordinadora de mercadillo, pero de las de verdad, las que no presumen.

El curioso que no compra nada, que pasea por todos los puestos, toca todo, pregunta todo y se va con las manos vacías. Es el visitante favorito de nadie y el más feliz de todos.

El puesto de pollos asados del final, que perfuma todo el recinto y convierte cualquier paseo en una decisión de comida. Siempre hay cola. Siempre.

Y el chico raro del barrio, con el vestido de flores y las gafas de sol, que camina como una diva por mitad del pasillo y hace que las señoras se den la vuelta. Ese, en el planeta, tiene canción propia.

Probarse ropa detrás de una lona

Uno de los grandes rituales del mercadillo es probarse la ropa sin probador. En el mejor de los casos, hay una cortina colgada de un alambre. En el peor, te pruebas los pantalones encima de los tuyos, en mitad de la calle, mientras el vendedor te asegura que te quedan como un guante.

Hay algo liberador en esa falta de intimidad. Nadie se mira con la seriedad de un probador de centro comercial, con su luz cruel y su espejo de tres caras. En el mercadillo te ríes, preguntas a la persona de al lado qué le parece y te llevas la prenda aunque te quede un poco grande, porque a ese precio, qué más da.

Para muchas personas LGTBI que crecieron en pueblos o barrios pequeños, el mercadillo fue también el primer sitio donde comprar ropa que en casa habría dado que hablar. Una camiseta ajustada, unos pendientes, un pañuelo de colores. A cinco euros, el riesgo era pequeño. Si alguien preguntaba, era solo una cosa del mercadillo.

Mercadillos de verano

En verano, el mercadillo cambia de piel. Se traslada a los paseos marítimos, aparece por las noches en los pueblos de costa y se llena de pareos, sombreros de paja, bisutería de conchas y vestidos ibicencos. Es el mercadillo donde se compra el recuerdo de las vacaciones que luego no se sabe dónde poner.

Ese es, en parte, el mercadillo de «Marica chill», con su playa, su frutero generoso y su vecina que critica desde el balcón. Un mercadillo de verano donde el narrador se compra un vestido, se lo pone en el momento y sale a brillar. No hay mejor uso posible para cinco euros.

El segundo álbum del planeta, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», está lleno de esas escenas de calle, de verano y de barrio. Es un disco que se puede escuchar mientras se pasea entre puestos, con una bolsa de plástico en cada mano.

El mercadillo de los martes

Fuera de las grandes ciudades, el mercadillo tiene día fijo. En cada pueblo es un día distinto de la semana, y ese día organiza la vida local: los martes en uno, los jueves en el de al lado, los sábados en la cabecera de comarca. Los vendedores hacen una ruta circular, como una compañía de teatro ambulante, y la gente sabe que si se le escapa el mercadillo de su pueblo puede ir al del vecino.

Ese mercadillo semanal es un acontecimiento social. Las señoras se encuentran y se ponen al día, los jubilados comentan los precios de la fruta, los adolescentes se compran la primera colonia falsa. Y en mitad de todo, siempre hay alguien que se prueba algo que no debería y se lo lleva igual. El planeta, que tiene una canción con título de pueblo y otra sobre un novio de Albacete, conoce bien ese mundo.

El mercadillo en el bolsillo

En los últimos años, el mercadillo se ha mudado también al móvil. Las aplicaciones de compraventa de segunda mano han convertido a millones de personas en vendedores ambulantes de sofá. Se vende la chaqueta que no te pones, la bicicleta estática que fue un propósito de Año Nuevo y la lámpara que regaló alguien a quien ya no ves.

Ficha de la canción «Marica chill» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

El regateo, por cierto, ha sobrevivido allí mejor que en los puestos. Los mensajes de «¿Lo dejas en la mitad?» a los cinco minutos de publicar algo son el equivalente digital del cliente que hace ademán de irse. Y también hay fauna: el que pregunta si sigue disponible y desaparece, el que queda y no viene, el que quiere que se lo lleves a casa. Coordinadores de mercadillo, todos ellos, a su manera.

Lo que no se compra en un mercadillo

Hay cosas que no se encuentran en ningún puesto, por mucho que se rebusque. La seguridad en uno mismo, por ejemplo. La capacidad de reírse de lo que nos hizo daño. Los amigos de verdad. El planeta insiste mucho en eso: las canciones más cómicas suelen esconder una idea seria, y la del mercadillo es que el valor de las cosas no depende de su precio.

Un vestido de cinco euros puede convertirte en diva. Un cargo rimbombante puede convertirte en el hazmerreír. Un bolso caro puede ser falso. Y un ex que parecía de marca puede resultar ser de la sección de taras. La vida, como el mercadillo, está llena de sorpresas, buenas y malas, y lo mejor es pasearla con buen humor.

Consejos para ir al mercadillo a la manera del planeta

Para terminar, un pequeño manual de supervivencia.

Ve pronto. Lo bueno se acaba a las diez de la mañana, y a mediodía solo quedan los calcetines y el puesto de pollos.

Lleva efectivo, en billetes pequeños. Aunque cada vez más puestos aceptan tarjeta, el regateo funciona mejor con monedas en la mano.

Guarda bien la cartera. Las aglomeraciones son el paraíso de los carteristas, y no hay vestido de diva que compense quedarse sin documentación.

Regatea con gracia, nunca con desprecio. Y si te llevas varias cosas, pide rebaja por volumen.

Desconfía de los logotipos demasiado baratos. Recuerda la proporción de «Doña Rogelia»: diez por ciento original, noventa por ciento falsificación.

Y, sobre todo, cómprate algo que te haga sentir como una diva, aunque nadie más lo entienda. Póntelo esa misma tarde. Sal a la calle. Camina despacio. Si alguien critica desde el balcón, mándale un beso.

El último puesto

Al final de cada mercadillo, cuando los vendedores empiezan a recoger, siempre hay alguien que grita las últimas ofertas del día. Todo a mitad de precio. Lo que queda, regalado. Es el momento de los indecisos y de los que llegan tarde, y a veces es cuando aparecen las mejores gangas.

El planeta tiene algo de ese último puesto. Recoge lo que otros tiraron, lo que se consideró hortera, lo que se vendía a un euro, y lo convierte en canciones con brillo. Un vestido de mercadillo, un coordinador ridículo, una sección de taras y una Shakira de bazar. Todo junto, en el mismo puesto, a precio de amigo.

La página de prensa recoge las fechas de la trilogía y los datos de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. «Marica chill» está en Spotify. La información práctica del Rastro puede consultarse en la web de turismo del Ayuntamiento de Madrid.

Preguntas frecuentes

¿En qué canción aparece el «mercadillo dress»?

En «Marica chill», del segundo álbum. El narrador pasea como una diva con un vestido de mercadillo, sin pena y sin estrés, convirtiendo la ropa barata en un gesto de libertad.

¿Quién es el coordinador de mercadillo de las canciones?

Es un personaje inventado que aparece en varias letras del planeta, como «Asqueroso coordinador», «Esperma», «Carta de recomendación» y «Doña Rogelia». El cargo funciona como un mote cómico para alguien que se daba mucha importancia.

¿Cuándo se puede ir al Rastro de Madrid?

El Rastro se monta los domingos y festivos por la mañana en el barrio de Embajadores, con la calle Ribera de Curtidores como eje principal. Conviene ir pronto para encontrar sitio y evitar las aglomeraciones.

¿De dónde viene el nombre del Rastro?

La explicación más repetida lo relaciona con el rastro que dejaban los animales arrastrados desde el antiguo matadero hasta las tenerías de la zona, donde se curtían las pieles. De ahí también el nombre de la calle Ribera de Curtidores.

¿Quién escribe estas canciones?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, creador del universo de Planeta Gayfolk.

Más notas

Apoyar en Ko-fi