Salud mental
Quién tiraba de la relación: el esfuerzo desigual, la cuenta al revés y aprender a dar sin vaciarse
Por Mike Sain't Louis · · Actualizado

Una calle con farolas encendidas, gente desenfocada al fondo y dos hombres con chaqueta de cuero, tan juntos que se rozan los hombros. Uno aprieta los ojos y llora con la cara descompuesta. El otro mira hacia abajo y sonríe, tranquilo, como si la pena de al lado no fuera con él. Es un fotograma del videoclip de «El impostor», y sirve de portada a esta nota porque resume en una sola imagen el tema que la recorre: dos personas dentro de la misma relación y un reparto del peso que no se parece en nada.
La letra de esa canción tiene un momento que pasa rápido y que, sin embargo, explica muchas cosas. Después de contar lo que el narrador vivió en las últimas semanas, aparece un mensaje grabado. El otro, según la letra, tuvo
el valor de enviar
un audio
diciendo que él
estaba cansado
de estar siempre de la
relación tirando
Esa queja es el centro de esta nota. No por lo que dice del otro, que aquí no interesa, sino por lo que hace con quien la escucha. Quien ha puesto casi todo durante años recibe, al final, la versión contraria: era el otro quien sostenía la pareja, el agotado, el que tiraba del carro. Y muchas personas que salen de una relación así se quedan dándole vueltas a esa frase durante meses. ¿Y si tenía razón? ¿Y si yo no daba tanto como creía?
Lo que sigue intenta ordenar esa pregunta con las letras del Planeta Gayfolk en la mano. Va del esfuerzo desigual en una pareja dañina, de la cuenta que te dan la vuelta y de cómo se aprende a volver a dar sin quedarse vacío. Antes, un límite claro. Mike Sain't Louis ha contado públicamente que perdió veinte años de su vida en dos relaciones con personas que hoy considera narcisistas, que sus canciones fueron su manera de contar su parte, y que ahora sigue un tratamiento psiquiátrico y psicológico. Eso es lo que hay. Esta nota no identifica a nadie, no rellena huecos y no inventa escenas: se queda con lo que dicen las letras.
La cuenta al revés
Lo llamativo del audio no es la queja en sí. Cualquiera puede cansarse en una pareja, y decirlo es sano. Lo llamativo es dónde la coloca la canción. Justo antes, la letra ha ido enumerando lo que el narrador sí puso. Y lo hace con detalles muy concretos, de esos que no se inventan para quedar bien: el último día en la casa, el narrador echa a la basura una caja llena de fotos que él mismo había regalado. Trescientas fotos impresas, elegidas y guardadas en una caja rosa, regaladas «con tanta ilusión», como dice la estrofa siguiente. Eso es trabajo afectivo, del que no se ve: horas de pensar en el otro, de escoger, de preparar una sorpresa. Cuando después llega un audio que dice «yo era el que tiraba», el oyente tiene delante las dos columnas a la vez. Lo que se dio y lo que se afirma que se dio. Y no cuadran.
Ese desajuste tiene nombre en muchos libros de psicología de pareja, pero en la canción no hace falta ninguno. Basta con poner los objetos al lado de la frase. Lo que en otra nota del diario se lee como un puzzle que se arma al revés aquí se lee como una contabilidad: alguien ha cambiado de sitio los números del libro de cuentas.
Lo que pesa en cada platillo
Hay una imagen antigua que ayuda: la balanza. En una relación con un mínimo de equilibrio, los platillos suben y bajan. Una temporada uno cuida más, otra temporada cuida el otro. Hay épocas de enfermedad, de paro, de duelo, en las que una persona sostiene casi todo y está bien que sea así. Lo que equilibra no es que cada semana se dé lo mismo, sino que con el tiempo los dos tengan la sensación de que el peso se reparte.

La letra de «El impostor» describe una balanza que hace mucho que dejó de moverse. En un platillo están la caja, las fotos, las lágrimas de una semana entera sabiendo cosas dolorosas. En el otro, según la propia canción, un selfie con efecto, la inquietud por no quedarse sin teléfono y unas explicaciones que nunca llegan. Hay también una estrofa sobre el cariño físico que se apaga, con una enumeración que suena a recuento de ausencias:
porque
ya no me
besaba
porque
ya no me
abrazaba
No hace falta saber nada más de esa casa para entender el peso de estos versos. El narrador no habla de grandes traiciones en esta parte. Habla de gestos pequeños que dejan de aparecer: un beso, un abrazo. Y ese tipo de desigualdad, la de lo cotidiano, es la que más cuesta ver desde dentro, porque nunca ocurre de golpe. Se va instalando.
«Cuánto has sufrido y llorado»
En «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca», del mismo disco, Mike vuelve a la misma cuenta al revés, pero esta vez con ironía. Hay una estrofa que, leída deprisa, parece un elogio:
La verdad es que me ha encantado
Lo mucho que te ha importado
Cuánto has sufrido y llorado
Cuanto te has esforzado
lo mucho que has luchado
Leída despacio, es lo contrario. El narrador repite, una por una, las palabras con las que el otro se presenta como quien lo dio todo: importar, sufrir, llorar, esforzarse, luchar. Y las devuelve en tono de burla, porque sabe que no se corresponden con lo vivido. La misma canción arranca con alguien que, una semana después de la ruptura y supuestamente hundido, se hace un selfie en el que sale muy guapo y le pone un filtro en blanco y negro.
El sarcasmo aquí cumple una función que va más allá del chiste. Cuando alguien te ha repetido muchas veces que era el que más se esforzaba, esa idea se te queda dentro aunque no te la creas. La burla es una forma de sacarla. De dejar dicho, por escrito, «esto no es verdad, y lo sé». Hay personas que necesitan pasar por esa rabia antes de poder mirar el reparto con calma. La rabia, en este caso, es la que ordena los números.
Por qué cuesta tanto ver el desequilibrio
Si el reparto era tan desigual, ¿por qué no se ve antes? La pregunta es casi la misma que hace la vergüenza después de un engaño, y merece una respuesta sin reproches.
La psicología social lleva décadas estudiando por qué la gente se queda en relaciones que le dan poco. Uno de los modelos más citados es el de la inversión, de la psicóloga Caryl Rusbult, de los años ochenta. Dice, simplificando mucho, que el compromiso con una pareja no depende solo de lo satisfecho que se esté. Depende también de lo que se ha invertido y de las alternativas que uno cree tener. Cuanto más se ha puesto (años, amistades compartidas, casa, proyectos, ilusión), más difícil resulta irse, aunque lo que se reciba sea poco.
A eso se suma el llamado efecto del coste hundido, que estudiaron Hal Arkes y Catherine Blumer: la tendencia a seguir con algo porque ya se ha invertido mucho en ello, no porque vaya a salir bien. En una pareja se traduce en una frase muy reconocible: «después de todo lo que he dado, no puedo tirarlo ahora». Y entonces se da un poco más, para que lo anterior no haya sido en vano.
Ninguna de estas ideas convierte a nadie en tonto. Explican un mecanismo muy humano. Quien da mucho suele hacerlo porque quiere de verdad, porque cree en la relación y porque espera que el otro acabe respondiendo. Esa esperanza no es un defecto. El problema aparece cuando la otra parte aprende a vivir de ella.
Llevar la cuenta no es mezquino
Hay una idea muy extendida según la cual en el amor no se lleva la cuenta. Que contar lo que uno da es de personas calculadoras, interesadas, poco generosas. En parte es cierto: en una pareja que funciona, nadie apunta nada, porque no hace falta. El dar y recibir se compensa solo.

Pero la teoría de la equidad, que formularon en los años setenta Elaine Hatfield y sus colegas, apunta algo que conviene recordar: las personas notan cuándo el reparto está muy descompensado, incluso aunque no lo digan. Y lo notan las dos partes. Quien recibe de más puede sentir incomodidad o culpa; quien da de más acaba sintiendo tristeza, cansancio o rabia. Cuando alguien se sorprende contando sin querer (quién llamó, quién preparó, quién pidió perdón), casi nunca es por mezquindad. Suele ser un aviso de que el desequilibrio lleva mucho tiempo ahí.
En las letras del planeta, esa cuenta aparece una y otra vez, pero nunca como tacañería. El narrador de «El impostor» no reclama que le devuelvan las fotos. Lo que echa en falta es otra cosa:
Tan poca cosa he sido
Que ni te has molestado
En ayudarme a cerrar
El ciclo y haber sido
Sincero por una vez en
Tu vida
No pide dinero, ni objetos, ni favores de vuelta. Pide algo que no cuesta nada material: una explicación sincera. Es la prueba de que su cuenta no es de cosas, sino de reconocimiento. Y quizá por eso duele tanto que la respuesta sea un audio quejándose de cansancio.
Cuando la factura te la pasan a ti
La psicóloga Jennifer Freyd describió en los años noventa un patrón al que llamó DARVO, por sus siglas en inglés: negar, atacar e invertir los papeles de víctima y agresor. Se estudió primero en contextos de abuso, pero muchas personas lo reconocen también en el final de relaciones dañinas. Quien ha hecho daño niega lo ocurrido, ataca a quien lo señala y termina presentándose como la parte herida.
La letra de «El impostor» tiene los tres movimientos sin necesidad de teoría. El otro «Siempre negaba todo». Después, según la canción, iba contando a otros que había un tercero y que el narrador había perdido la cabeza. Y entre medias, el audio: él era el cansado, él tiraba de la relación. La cuenta no solo se da la vuelta. Se presenta a quien más dio como alguien que, encima, no estaba bien de la cabeza.
Ese último paso es especialmente cruel para alguien con problemas de salud mental, porque convierte un diagnóstico, o la simple tristeza de una ruptura, en argumento contra su testimonio. El diario tiene una nota que explica con calma cómo funciona el gaslighting, esa manipulación que hace dudar de la propia memoria. La cuenta al revés es una de sus variantes más domésticas: no te dicen que algo no pasó, te dicen que lo hiciste tú.
Ser quien tiraba y acabar hecho trasto
Hay una canción de «El día de la liberación» que lleva el desequilibrio hasta el extremo, porque ahí el narrador ya no se ve como quien daba, sino como algo que se ha usado. «Trasto viejo» es casi una letanía: usado, tirado, olvidado, arrojado al contenedor más apartado. Su estribillo termina con dos palabras que lo dicen todo:

Trasto viejo, tirado, olvidado,
Abandonado, utilizado
Utilizado. Esa es la otra cara del esfuerzo desigual. Cuando alguien da durante mucho tiempo sin recibir, puede acabar sintiendo que no le querían a él, sino lo que él aportaba: compañía, una casa, un apoyo, una imagen de pareja estable. Y cuando ya no hay nada que sacar, llega el descarte. En «El impostor» aparece una palabra muy dura que va en la misma dirección:
Que ha sido un impostor
Y que me has parasitado
La metáfora es biológica y precisa. Un parásito vive del organismo que lo aloja, le quita energía y no le devuelve nada. Aplicada a una pareja, la palabra no describe a una persona cansada que también aportaba lo suyo. Describe una relación en la que una parte se alimenta de la otra. Que el narrador encuentre esa palabra es importante, porque nombrar con exactitud ayuda a salir de la confusión que deja la cuenta al revés.
Los favores que ya no
Volvamos a «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca». En medio del estribillo hay una línea que funciona como cierre de caja:
Nunca más ni me pidas más favores
Hasta nunca Falso Amore
Lo interesante es la palabra elegida: favores. No dice «no me llames», ni «no vuelvas». Dice que no le pida más favores. Es decir, el narrador ha entendido que buena parte de la relación consistía en eso, en hacer cosas por el otro. Y el primer límite que pone es cortar el grifo. Ni un favor más.
Poner un límite así, después de años de dar, no es fácil. Quien está acostumbrado a sostener siente culpa en cuanto deja de hacerlo, como si al no dar estuviera faltando a algo. El diario dedica una nota entera a poner límites y otra a cortar el contacto con un narcisista, que explican por qué esa culpa no significa que se esté haciendo algo mal. A menudo significa justo lo contrario: que por fin se está repartiendo el peso de otra manera.
La energía que no vuelve sola
Hay algo que se habla poco del esfuerzo desigual: el cansancio que deja. Quien ha tirado de una relación durante mucho tiempo no sale solo con el corazón roto. Sale agotado, a veces durante meses, como quien ha cargado peso sin descanso y de repente lo suelta. Los músculos no se relajan de inmediato.
Mike ha contado que tiene varios diagnósticos de salud mental, entre ellos trastorno de estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad. No ha dado detalles de cómo los vivió dentro de sus relaciones, y aquí no se van a imaginar. Lo que sí puede decirse en general es que la depresión y la ansiedad roban energía, y que salir de una pareja en la que uno lo daba todo con ese peso encima puede dejar el depósito casi a cero.
Por eso conviene desconfiar de los consejos que piden, recién salido de una relación así, un gran plan de reconstrucción. A veces el primer paso es mucho más modesto: dormir, comer, dejar que otros cuiden un poco. Dejarse ayudar es, para quien siempre fue el que daba, un aprendizaje en sí mismo. Y muchas veces el más difícil. Contarlo en consulta, como hace Mike con sus profesionales, no tiene nada de exagerado: el agotamiento después de una relación desigual es motivo suficiente para pedir apoyo.
Aprender a dar sin vaciarse
Nada de lo anterior significa que haya que dejar de dar. Las letras de Mike están llenas de gente que regala, que cuida, que se ilusiona. La caja rosa se preparó con cariño, y ese cariño no era el error. El error estaba en el otro platillo. Lo que sí puede cambiar es la manera de dar en el futuro. Algunas preguntas sencillas ayudan a detectar a tiempo una balanza que no se mueve:

¿Me pregunta cómo estoy? No una vez, sino de forma habitual. En una relación equilibrada, el interés va en las dos direcciones.
¿Qué pasa cuando digo que no? Si cada negativa provoca un enfado, un castigo o un silencio, lo que se recibía a cambio de los síes no era afecto, sino calma condicionada.
¿Quién pide perdón? Si casi siempre es la misma persona, aunque la falta no sea suya, la cuenta ya está torcida.
¿Me alegro al dar, o me da miedo no dar? Esta es quizá la más reveladora. Dar por alegría llena. Dar por miedo a perder al otro vacía, aunque desde fuera parezca lo mismo.
¿Qué sé de su vida que no me haya contado para pedirme algo? La pregunta suena rara, pero muchas personas que salen de relaciones dañinas se dan cuenta de que el otro solo abría su vida cuando necesitaba un favor.
Ninguna de estas preguntas es un examen. Sirven para mirar, no para condenar. Y si al hacerlas aparecen respuestas incómodas, no es una sentencia sobre quien pregunta. Es información. Hay una nota en el diario sobre abrir una relación y la autoestima que toca otra forma del mismo dilema: cuánto se cede por miedo a quedarse fuera.
Lo que sí fue tuyo
Queda un último punto, y es quizá el más importante para quien ha escuchado alguna vez la cuenta al revés. Que el otro diga que era él quien tiraba no borra lo que tú pusiste. Las trescientas fotos existieron. La ilusión con la que se eligieron también. El cariño, las horas, los favores, las lágrimas de una semana sabiendo cosas dolorosas: todo eso ocurrió aunque nadie lo reconozca.
La canción, en el fondo, sirve para eso. Es un recibo. Mike ha dicho que sus canciones fueron su manera de contar su versión, y «El impostor» termina con un desafío directo al otro:
Escucha esta
canción
y dime si
hay algo
falso.
No es una pregunta retórica. Es poner las dos columnas de la cuenta encima de la mesa, a la vista, y pedir que alguien encuentre el error. La escritura, aquí, deja constancia de lo que se dio para que nadie pueda volver a cambiar los números. Y esa constancia es también una forma de cuidado hacia uno mismo: recordar, por escrito, que el esfuerzo era real y que estaba bien darlo.
Para escuchar «El impostor»
«El impostor» pertenece al primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», y está disponible en Spotify. Quien quiera entender cómo encaja en el conjunto, con sus tres discos, tiene el resumen en la página de prensa.
Si sientes que siempre tiras tú
Si llevas tiempo sosteniendo una relación casi a solas, o si al salir de una te han dicho que el que tiraba era el otro y ya no sabes qué creer, lo que sientes tiene sentido. Cansarse de dar sin recibir no es egoísmo. Hablarlo con alguien de confianza, o con un profesional, suele ayudar a ver la balanza con más claridad. Y si en algún momento el cansancio se vuelve demasiado, en España puedes llamar gratis al 024 a cualquier hora o escribir por su chat. Para una urgencia está el 112. El Teléfono de la Esperanza atiende en el 717 003 717, y la Fundación ANAR, pensada para menores y para quien se preocupa por ellos, en el 900 20 20 10. Si vives en otro país, findahelpline.com te dice a quién llamar.
Lo que diste no se pierde porque otro diga que no existió. Se queda en ti, y la próxima vez puede ir a parar a alguien que también tire.
Preguntas frecuentes
¿Qué dice el audio de «El impostor»?
Según la letra, el otro envió un audio diciendo que estaba cansado de tirar siempre de la relación. La canción lo cuenta justo después de enumerar lo que el narrador sí había puesto, como la caja rosa con trescientas fotos, y por eso la queja suena a cuenta al revés.
¿Es normal llevar la cuenta de lo que se da en una pareja?
En una relación equilibrada casi nadie la lleva, porque el dar y recibir se compensa solo con el tiempo. Cuando una persona empieza a contar sin querer, suele ser una señal de que el reparto lleva mucho tiempo descompensado y merece una conversación, o una consulta.
¿Qué es DARVO?
Es un patrón descrito por la psicóloga Jennifer Freyd: negar, atacar e invertir los papeles de víctima y agresor. Ayuda a entender por qué, tras una relación dañina, quien más dio puede acabar escuchando que era el otro quien sostenía todo.
¿Quién es el impostor de la canción?
La nota no identifica a nadie. Mike Sain't Louis ha contado que sus canciones son su manera de contar su versión, y aquí se lee solo lo que dicen las letras, sin nombres ni datos de otras personas.
¿A quién llamar si una relación me está dejando sin fuerzas?
En España, el 024 atiende gratis a cualquier hora, también por chat. Para una emergencia, el 112. El Teléfono de la Esperanza está en el 717 003 717 y la Fundación ANAR, para menores, en el 900 20 20 10. Fuera de España, findahelpline.com da el número de cada país.