Planeta Gayfolk

Humor

La lavandería del Planeta Gayfolk: setenta grados, calcetines desparejados y un policía que da cambio

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Fotograma del videoclip de «El calcetín», de Mike Sain't Louis, en la portada de «La lavandería del planeta»

Hay un lugar en cada barrio donde el tiempo pasa más despacio que en ningún otro: la lavandería de autoservicio. Luz blanca, olor a suavizante, un banco de plástico, una máquina de cambio que nunca tiene monedas y un tambor que da vueltas delante de ti como si fuera una televisión con un único canal. Ahí se espera cuarenta minutos sin hacer nada, se mira el móvil, se mira a los demás y, a veces, uno se enamora. Eso es exactamente lo que pasa en una de las canciones más divertidas del Planeta Gayfolk.

Este artículo es una visita a la lavandería del planeta y a todo lo que se lava, se tiende, se plancha y se pierde en las letras de Mike Sain't Louis. Hay un policía que da cambio, un ex que encoge hasta quedarse en calcetín, un cajón donde ya no quedan bañadores y alguien que limpia la casa mientras el otro hace de las suyas. Es la colada como escenario cómico, con sus pinzas, su lejía y sus tragedias de pelusa.

Un flechazo con el tambor dando vueltas

La canción se titula, sin rodeos, «Me he enamorado de un policía que es dueño de una lavandería», y pertenece al segundo álbum. El título ya es un argumento completo. El narrador confiesa que ha vuelto a hacer lo que no debía, y lo explica:

Me he enamorado de un policía Es dueño de una lavandería

El personaje tiene, además, mujer e hijos. Es decir: imposible por todos los lados. Pero la lavandería es el escenario perfecto para un amor imposible, porque es un sitio donde todo el mundo está de paso y nadie se queda. Vas, lavas, secas y te vas. A no ser que el dueño te ofrezca algo:

Me ofrece cambio el policía cañón

Cambio. Monedas para la máquina. Es el gesto más prosaico del mundo, y en la canción funciona como una declaración de amor. Cualquiera que haya estado en una lavandería sin monedas sabe lo que vale ese gesto. El dueño que te cambia un billete es un héroe de barrio.

Y luego viene el verso que convierte la lavadora en metáfora:

Para activar los setenta grados de ni pasión

Setenta grados. Una temperatura alta, de las que se usan para las sábanas y las toallas, para lo que tiene que quedar desinfectado. Y la canción la convierte en temperatura de pasión, o de «ni pasión», con un juego de palabras que deja la frase entre el deseo y la resignación. El diario del planeta tiene su propia lectura de esta canción como un deseo que no pide permiso.

Ponerse colorado delante de la secadora

La escena del café es, probablemente, el mejor momento de la canción. El policía, por cortesía, invita al narrador a un café, y la reacción es la de cualquier persona que se ha quedado sin palabras delante de alguien que le gusta demasiado:

Pero me puse tan colorado que le dije Tranquilo , estoy bien

Tranquilo, estoy bien. La frase que se dice cuando no se está nada bien. Cuando te tiemblan las manos, la cara te arde y no sabes dónde mirar. Delante de las secadoras, con el bolso de la ropa sucia en el regazo, el narrador hace lo que haríamos casi todos: disimular fatal.

La lavandería, que parecía un lugar neutro, resulta ser un escenario de comedia romántica de primera. Hay luz de quirófano, hay música de fondo de la radio del dueño, hay tiempos muertos y hay un objeto que gira sin parar como una ruleta. Si alguien rodara una película de amor en una lavandería de barrio, tendría la mitad del guion ya escrito por esta canción.

Breve historia de la lavandería de autoservicio

Durante mucho tiempo, en España casi nadie iba a una lavandería. Cada casa tenía su lavadora, y antes de la lavadora había lavaderos públicos y ríos. En muchos pueblos todavía se conservan esos lavaderos de piedra, con su pila larga y su tejado, donde durante generaciones las mujeres lavaban la ropa de toda la familia a mano, con jabón y frío, mientras se contaban la vida. Eran lugares de trabajo duro y también de conversación, de chismes y de canciones populares de las que tanto ha bebido la tradición. El diario del planeta tiene un texto sobre la canción popular que ayuda a imaginar ese mundo.

Fotogramas del videoclip oficial de «El calcetín», de Mike Sain't Louis

Las lavanderías de autoservicio que hoy vemos en las ciudades son otra cosa: locales con máquinas grandes, de monedas o de tarjeta, abiertos muchas horas, pensados para pisos pequeños sin espacio para tender, para estudiantes, para gente que vive sola y para quien tiene que lavar un edredón que no cabe en la lavadora de casa. Se han multiplicado en los barrios, y con ellas ha nacido un tipo de espera muy contemporánea: la de quien se sienta en un banco a mirar cómo da vueltas su ropa.

Es una espera rara. No da tiempo a irse a casa, pero es demasiado larga para no hacer nada. Por eso la lavandería se ha convertido en un pequeño teatro de barrio, con sus personajes fijos: el estudiante que lo lava todo junto, la señora que trae su propio suavizante, el chico que se queda dormido con los cascos puestos y, si hay suerte, un dueño que da cambio.

El ex que quedó a la altura de un calcetín

Si hay una prenda que tiene protagonismo en el planeta, es el calcetín. En «Gofio de calcetín», del segundo álbum, el estribillo deja a un ex en el lugar más humilde del armario:

El que tuve quedó a la altura de un calcetín.

Y la historia tiene secuela. «El calcetín» retoma al personaje y lo remata. En la presentación de la canción, su autor la describe como la sátira de una falsa intensidad que esconde pereza, mentira y fachada, y lanza una pregunta para quien escuche: si alguna vez descubriste que el supuesto genio que tenías al lado era solo un calcetín arrugado, esta canción es para ti. El diario tiene el análisis del novio cojín y su gofio.

¿Por qué el calcetín? Porque es la prenda más baja, literalmente. Va en los pies, dentro del zapato, se suda, se agujerea y se pierde. Nadie presume de calcetines. Comparar a alguien que se creía muy importante con un calcetín arrugado es bajarlo de golpe del pedestal hasta el suelo. Es un insulto de economía doméstica, de los que se entienden en cualquier cocina.

El misterio del calcetín desparejado

Y como estamos en la lavandería, hay que hablar del gran misterio de la colada universal: el calcetín que se queda sin pareja. Metes cuatro pares en la lavadora y sacas siete calcetines. Nadie sabe dónde va el octavo. Hay quien sospecha del filtro, quien sospecha de la goma de la puerta, quien sospecha de la funda nórdica, que se los traga como un agujero negro, y quien directamente cree que se van a otra dimensión.

En muchas casas hay una bolsa o un cajón de calcetines huérfanos esperando que aparezca su pareja. Es una espera que dura años. A veces aparece el compañero perdido dentro de una manga de jersey, o pegado por la electricidad estática a una toalla. Casi nunca. Lo normal es que la bolsa crezca y crezca, como un archivo de relaciones rotas.

En el contexto del planeta, el calcetín desparejado tiene una lectura casi demasiado fácil. Un ex convertido en calcetín es, por definición, un calcetín sin pareja. Lo has metido en la lavadora de tu vida, has hecho la colada, y has decidido que no lo vas a buscar. Que se quede en la otra dimensión.

Un cajón sin bañadores

Hay prendas que no se pierden en la lavadora sino en la mudanza. En «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca», del primer álbum, el narrador comprueba que su ex se ha ido de casa llevándose algo muy concreto. El monólogo inicial termina así:

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «esta canción es para ti. Porque la autoestima también se lava,» de «El calcetín»

pero de marca de calzoncillos y bañadores en el cajón ya no hay nada.

El cajón vacío es una imagen muy precisa del final de una convivencia. No se han llevado los muebles ni la tele. Se han llevado la ropa interior buena, la de marca, la que se compró en rebajas y se cuidaba lavándola a mano o en programa delicado. El robo es tan doméstico que da risa, y tan íntimo que da rabia.

Todos sabemos que en una ruptura la ropa es campo de batalla. La sudadera que era tuya y él usaba para dormir. La camiseta que te robaron en la primera cita. El jersey que se queda en casa del otro como rehén. El planeta lo convierte en una denuncia en toda regla, con el cajón como prueba del delito.

Mientras tanto, alguien limpia la casa

En «Si Don Aussiebum hablase», el reparto de tareas domésticas queda retratado en un solo verso, en mitad de una historia de bañadores y engaños:

y yo mientras limpiando la casa

Ese «mientras» es demoledor. Mientras el otro estaba a lo suyo, el narrador estaba fregando, barriendo y poniendo lavadoras. Es una queja que cualquiera que haya convivido con alguien reconoce: la sensación de que el trabajo invisible de la casa siempre lo hace la misma persona. El diario cuenta la canción como el inventario de una ruptura, y ese verso es una de las líneas del inventario.

La limpieza doméstica tiene en las parejas gais una particularidad: no hay un reparto tradicional heredado que diga quién hace qué. Eso puede ser una liberación o un conflicto, según el caso. Hay parejas que lo hablan, hacen un cuadrante y lo cumplen. Y hay parejas en las que uno se entera, después de años, que el otro no sabía ni dónde estaba el suavizante.

Cómo leer una etiqueta sin morir en el intento

Ninguna visita a la lavandería estaría completa sin un repaso a las etiquetas de la ropa, esos pequeños jeroglíficos cosidos en la costura que casi nadie entiende. Los símbolos siguen un sistema internacional bastante sencillo, una vez que se descifra.

  • El barreño con agua es el lavado. Si lleva un número, es la temperatura máxima: treinta, cuarenta, sesenta. Si lleva una mano, es lavado a mano.
  • El triángulo es la lejía. Si está tachado, nada de lejía, aunque la mancha sea de vino tinto de la boda de tu prima.
  • El cuadrado es el secado. Con un círculo dentro, secadora. Los puntos indican la temperatura.
  • La plancha es la plancha, y los puntos dicen lo caliente que puede estar.
  • El círculo solo es la limpieza profesional, la de la tintorería.
  • Y una cruz sobre cualquiera de ellos significa que no, que eso no se hace.

Lo que la etiqueta no dice es lo que todos sabemos por experiencia: que la camiseta blanca siempre acaba rosa porque alguien metió un calcetín rojo, que el jersey de lana siempre encoge aunque lo laves en frío, y que la prenda que más te gusta es siempre la que lleva la etiqueta de «solo limpieza en seco».

El tendedero del patio de luces

En España, la colada no termina en la lavadora. Termina en el tendedero, y el tendedero es un espectáculo público. Cuerdas en la ventana del patio de luces, en la fachada, en la terraza. Pinzas de colores. Sábanas como velas de barco. Y la ropa interior de todo el edificio a la vista de los vecinos.

Collage con un detalle de la carátula de «El calcetín» y las carátulas de «Me he enamorado de un policía que es dueño de una lavandería», «Gofio de calcetín», «Si Don Aussiebum hablase»

El patio de luces es una red social antigua. Desde la ventana del tendedero se sabe quién vive solo, quién tiene niños, quién ha empezado a salir con alguien porque de repente hay calzoncillos de otra talla. Se sabe quién lava poco y quién lava demasiado. Y se sabe, por supuesto, a quién se le cae una prenda al patio del primero, que es un drama de comunidad que merecería su propia canción.

El planeta tiene a su propia espía de patio en la vecina cotilla, que observa desde el visillo con la misma atención con la que otros miran una serie. Si la vecina de las canciones viera el tendedero del narrador después de la ruptura, sabría enseguida que en ese cajón ya no quedan bañadores de marca.

La plancha, ese castigo

Y luego está la plancha. Hay personas que disfrutan planchando, que lo hacen con la radio puesta y les relaja. Y hay personas que dejan la ropa en una silla durante semanas, formando una montaña que se convierte en un mueble más del dormitorio. La silla de la ropa por planchar es una institución nacional.

La plancha tiene algo de penitencia. Cuesta, hace calor, se tarda y nunca se termina. Y tiene también algo de cuidado: planchar la camisa de alguien es una forma de quererle, como coser un botón o preparar un táper. Por eso, en el humor del planeta, los gestos domésticos se leen siempre en clave sentimental. Quien plancha, cuida. Quien se lleva los bañadores, roba. Quien limpia la casa mientras el otro hace de las suyas, se merece una canción.

La tintorería, el lujo de los trajes

Por encima de la lavandería de autoservicio está la tintorería, que es otra liga. Ahí no se lava uno su propia ropa: se entrega, se recibe un resguardo de papel y se vuelve días después a recoger una prenda envuelta en plástico, colgada de una percha de alambre, como si saliera de una boutique. La tintorería es el lugar del traje de la boda, del abrigo bueno, del vestido de la cena de empresa y de esa americana que solo se pone dos veces al año.

Ir a la tintorería tiene algo de ceremonia. Se le explica a la dependienta la mancha con detalle, como quien le cuenta un síntoma al médico: esto es vino, esto es cera de vela, esto no sé lo que es pero fue en la boda. Ella asiente con gesto profesional, sin juzgar, aunque sepa perfectamente lo que pasó en esa boda. Las tintorerías de barrio son confesionarios con olor a disolvente.

En el universo del planeta, donde la ropa de fiesta tiene tanta importancia, la tintorería sería un lugar sagrado. Los trajes de lentejuelas, las chaquetas con brillo, los abrigos de pelo de las portadas, todo eso no se puede meter en una lavadora de monedas. Necesita manos expertas, programas delicados y, a veces, un pequeño milagro.

El olor del suavizante

Hay un olor que mucha gente asocia con su casa de la infancia, y no es el de la comida: es el del suavizante. Las sábanas recién lavadas, las toallas que huelen a limpio, la camiseta que sale del tendedero oliendo a sol y a perfume de botella azul. Ese olor es una de las memorias más potentes que existen, y cada familia tiene el suyo, ligado a una marca concreta que la madre o el padre compraban siempre.

Ficha de la canción «El calcetín» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Cuando alguien se independiza, una de las primeras decisiones domésticas es elegir su propio suavizante. Parece una tontería, pero no lo es. Es decidir a qué va a oler tu vida. Hay quien busca el mismo de su madre para sentirse en casa, y hay quien elige otro precisamente para no sentirse en casa de su madre.

En las parejas, el suavizante también cuenta su historia. Llega un momento en que la ropa de los dos huele igual, y ese olor compartido es una forma silenciosa de intimidad. Por eso, después de una ruptura, es tan raro encontrar en el armario una camiseta del otro que todavía huele a la colada común. Es un fantasma de algodón.

Lavar a mano lo que importa

Y por último está lo que se lava a mano, que suele ser lo que más se quiere. La camiseta de un concierto, el jersey que tejió la abuela, la ropa interior buena, el bañador de marca antes de que se lo llevara un falso amore. Lavar a mano exige tiempo, agua tibia, jabón suave y paciencia. Es lo contrario de la lavandería: aquí no hay tambor ni prisa, hay un barreño y dos manos.

Lavar a mano es también una forma de cuidado que dice mucho de las personas. Quien lava a mano la ropa de otro está haciendo algo que no se ve y que no se agradece casi nunca. Quizá por eso las letras del planeta se acuerdan tanto de las tareas de la casa: porque en ellas se esconde una parte del amor que no sale en las canciones románticas, la de los gestos repetidos que sostienen la vida diaria.

Pequeño manual de colada del planeta

Después de todo lo anterior, se puede escribir un manual de colada con las enseñanzas de las letras. No sustituye a las etiquetas, pero ayuda.

  • Lleva siempre monedas a la lavandería. O aprende a ponerte colorado con estilo.
  • Separa la ropa blanca de la de color, y a los exes de la ropa buena.
  • Si un calcetín se pierde, déjalo ir. Quizá era un ex.
  • Revisa el cajón de los bañadores antes de que tu pareja haga la maleta.
  • El trabajo de la casa se reparte. Si no, alguien acabará escribiendo una canción sobre ello.
  • Setenta grados para las sábanas. Para la pasión, la temperatura que haga falta.

Lo que se lava en las canciones

Mirado con un poco de distancia, todo este repaso dice algo sobre cómo se escriben las letras del planeta. Las grandes emociones (el enamoramiento, la ruptura, el rencor, el alivio) pasan siempre por objetos pequeños. Un billete cambiado en monedas. Un calcetín. Un cajón vacío. Una casa limpia. La lavandería es el lugar ideal para esa forma de escribir, porque en ella la vida íntima de cada uno da vueltas a la vista de todos.

El humor de estas canciones no desprecia lo doméstico. Al contrario: lo pone en el centro. El texto del diario sobre cuidarse sin postureo va en la misma línea, y el que habla del humor como forma de supervivencia explica por qué tantas historias tristes del planeta se cuentan con risa. En la página de prensa están los datos de la trilogía para quien quiera ordenar estas canciones por disco.

La próxima vez que estés en una lavandería, mira a tu alrededor. Quizá el dueño te ofrezca cambio. Quizá te pongas colorado. Quizá un calcetín tuyo se quede para siempre en otra dimensión. Pase lo que pase, la ropa saldrá limpia, y con un poco de suerte tú también.

«El calcetín» está en Spotify, y el resto de la trilogía GAYFOLK espera en la web, canción a canción, con su letra y su videoclip.

Preguntas frecuentes

¿Qué canción del planeta pasa en una lavandería?

«Me he enamorado de un policía que es dueño de una lavandería», del segundo álbum de la trilogía GAYFOLK. El narrador se enamora del dueño del local, que le ofrece cambio y le invita a un café.

¿Por qué hay tantos calcetines en las letras?

Porque el calcetín es la prenda más humilde del armario y sirve para medir a alguien que se creía muy importante. En «Gofio de calcetín» el novio que tuvo el narrador quedó a la altura de un calcetín, y «El calcetín» es la secuela de esa historia.

¿Qué significan los símbolos de las etiquetas de la ropa?

El barreño indica el lavado y la temperatura máxima, el triángulo la lejía, el cuadrado el secado, la plancha el planchado y el círculo la limpieza profesional. Una cruz encima de cualquiera de ellos significa que no se debe hacer.

¿Los personajes de estas canciones existen?

No. Los nombres y personajes de las letras de Mike Sain't Louis son inventados, aunque la lavandería, la secadora y el calcetín perdido sean de lo más real.

¿Quién escribe estas canciones?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, creador del universo de Planeta Gayfolk.

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