Humor
El coche del Planeta Gayfolk: Melendi en el radiocasete, Camela en la guantera y una corona en el maletero
Por Mike Sain't Louis ·

En España hay casas con salón y casas con coche. Y en muchas familias, el coche ha sido el salón más usado de todos. Ahí se discute, se come, se llora, se liga, se aprende a conducir con el padre gritando y se escuchan las cintas que nadie más soportaría. En el Planeta Gayfolk el coche aparece una y otra vez, y casi nunca como medio de transporte. Aparece como escenario. En «Ese chulito», por ejemplo, el coche es el sitio donde se recuerda el último momento en que uno sintió mariposas de verdad.
Este artículo es un paseo con el cinturón puesto por los coches de las letras de Mike Sain't Louis. Hay radiocasete, hay guantera, hay maletero con sorpresa y hay un novio que se elige por lo que aparca. No hay ninguna nave espacial, que para eso el planeta ya tiene otras canciones. Aquí hablamos del coche de toda la vida, el que huele a ambientador de pino y tiene una mancha en el asiento de atrás que nadie sabe explicar.
Mariposas y examen práctico
La escena de «Ese chulito» empieza con un estómago revuelto. El narrador nota mariposas, esa sensación de enamoramiento que todo el mundo reconoce. Y para explicar lo grande que es, busca la comparación más honesta posible:
La última vez que las sentí Fue cuando me examiné del carnet de conducir
Es una de las comparaciones más españolas que se pueden hacer. El examen del carnet es un rito de paso con tanta tensión como una primera cita. Hay un examinador serio en el asiento de al lado, un profesor de autoescuela que te mira por el retrovisor, un recorrido que no conoces y una rotonda que de repente parece el circuito de Montecarlo. Te sudan las manos, se te olvida poner el intermitente y calas el coche en el primer semáforo. Exactamente igual que en una cita.
Y la canción sigue con otro recuerdo de coche:
Escuchando Melendi en el coche
Dos años después del examen, el narrador vuelve a sentir algo parecido escuchando a Melendi con el coche en marcha. No hace falta saber más para ver la escena: ventanilla bajada, volumen alto, el estribillo de rumba pop que todo el mundo se sabe y ese momento en que una canción te pilla con la guardia baja en mitad de una carretera. El diario del planeta ya ha contado las mariposas, la autoescuela y el control de carretera de esta canción. Aquí nos quedamos con el coche, que es el que pone la banda sonora.
Lo que se aprende en la autoescuela
El carnet de conducir merece un capítulo propio. En España, el examen teórico del permiso B tiene treinta preguntas y solo se pueden fallar tres. Hay quien lo aprueba a la primera y hay quien se convierte en cliente fijo de la autoescuela, con ficha y café. El práctico es otra historia: hay que salir a la calle de verdad, con tráfico de verdad, con peatones que cruzan cuando quieren y con una furgoneta de reparto en doble fila esperándote en cada esquina.
Todo el mundo tiene una anécdota de autoescuela. El profesor que frenaba con su pedal antes de que tú supieras que había que frenar. La compañera que tardó nueve intentos y lo celebró como si hubiera ganado Eurovisión. El examinador que no decía ni una palabra en todo el recorrido y luego te suspendía por no mirar el espejo al arrancar. Las clases a primera hora con legañas y el aparcamiento en línea delante de una terraza llena de gente.
Que una canción de amor use ese recuerdo como medida del enamoramiento dice mucho de cómo se escribe en el planeta. No se compara el amor con un atardecer en París. Se compara con el examen práctico en un polígono de las afueras. Y funciona mejor, porque cualquiera puede sentir esos nervios otra vez solo con leerlo.
Camela en el radiocasete
Si hay un grupo que pertenece al coche en este país, es Camela. Durante los años noventa, sus cintas se vendieron muchísimo en gasolineras, en ese expositor giratorio al lado de las patatas fritas y los mapas de carreteras. Las llamadas cintas de gasolinera fueron un fenómeno: música que no salía en las listas de las radios grandes pero que sonaba en millones de coches, camiones y furgonetas.

El planeta le dedica a Camela un homenaje entero, «La despedida», y en su estribillo el coche ocupa el lugar que le corresponde:
CAMELA, TUS CANCIONES EN EL COCHE
La letra está escrita en mayúsculas, como se escriben las cosas que se dicen gritando con la ventanilla bajada. Y en el mismo estribillo aparece otro vehículo maravilloso: un coche de choque rosa, el de las ferias de pueblo, el de las fiestas patronales con música a todo volumen. Hay un texto del diario que analiza «La despedida» y su homenaje a Camela, y el planeta tiene además un single que se llama directamente «Camela».
El radiocasete era una pieza clave de aquellos coches. Había que rebobinar con un boli cuando la cinta se enredaba. Había que darle la vuelta a la cara B en mitad de la autovía. Había cintas grabadas de la radio con el locutor cortado a la mitad y cintas copiadas tantas veces que el sonido llegaba como desde el fondo de un pozo. Y había, siempre, una cinta de Camela que alguien de la familia defendía con uñas y dientes.
El copiloto como pinchadiscos
En todo coche hay un cargo que no figura en el permiso de circulación: el del copiloto que elige la música. Antes era quien cambiaba la cinta. Ahora es quien tiene el móvil conectado al coche. El cargo conlleva poder y responsabilidad, porque de él depende el ambiente de todo el recorrido.
Hay copilotos democráticos, que preguntan qué queréis escuchar. Hay copilotos dictadores, que ponen su lista y no aceptan reclamaciones. Hay copilotos nostálgicos, que en cuanto salen a la carretera ponen éxitos de su adolescencia. Y hay copilotos peligrosos, que en el peor momento posible ponen la canción que te recuerda a tu ex, y te toca conducir con los ojos húmedos por una nacional de dos carriles.
El planeta tiene un texto sobre escuchar música mientras vas de un sitio a otro, y otro sobre «Madrid to Benidorm» como himno de carretera. Las canciones de Mike están hechas, en buena parte, para sonar en ese espacio: el coche con amigas, la ventanilla bajada, el estribillo que se repite hasta que alguien protesta.
Elegir novio por el coche
No todos los coches del planeta son entrañables. En «No quiero otro novio cojín», el coche es una pieza más del escaparate del interesado. La letra repasa en qué se fija alguien que va a por una persona por lo que tiene:
En su coche te habrás fijado, Para presumir con esos amigos
Es un retrato rápido y muy reconocible. Hay gente que elige pareja como quien elige un concesionario: mirando la marca, el modelo y los extras. El coche como símbolo de estatus es tan viejo como el propio coche, y en las letras del planeta se trata con la mala leche que merece. Presumir de un coche que no es tuyo delante de unos amigos a los que luego criticas por la espalda es, probablemente, el colmo de la vida de escaparate.
La canción tiene su propia lectura en el diario, sobre la rutina y el portazo. Aquí basta con apuntar una regla de oro que se deduce de la letra: si alguien te pregunta qué coche tienes antes de preguntarte cómo te llamas, sal del coche.
La guantera, ese cajón desastre
Todo coche tiene una guantera, y toda guantera es un museo. Ahí dentro conviven el manual de instrucciones que nadie ha leído, tres bolis que no pintan, una linterna sin pilas, servilletas de una hamburguesería, un tique de aparcamiento de hace dos años, gafas de sol rotas, monedas de cincuenta céntimos para el peaje que ya no existe y, en los coches más veteranos, alguna cinta sin caja.

Abrir la guantera de otra persona es casi tan íntimo como abrir su nevera. Dice mucho de cómo vive. Hay guanteras ordenadas como el bolso de una abuela y guanteras que parecen el trastero de un piso de estudiantes. Y hay una ley no escrita: lo que buscas nunca está en la guantera, y lo que encuentras en la guantera nunca lo estabas buscando.
En las letras del planeta la guantera no sale con nombre propio, pero su espíritu está en todas partes. Es el cajón de lo que se guarda por si acaso, de lo que no se tira, de lo que se olvida. Es, en pequeño, la misma lógica de tantos personajes de las canciones, que guardan en algún sitio cosas que deberían haber tirado hace años.
Lo que hay en el maletero
Llegamos a la escena más teatral de todas. En «Un puñetazo al día», la letra prepara un golpe de suspense digno de una película de serie B. Hay amigos, hay abrazos y lágrimas, y de repente alguien anuncia que va a enseñar algo:
lo que tengo en el maletero del coche.
Uno de los presentes suelta lo peor que se puede imaginar, que ahí dentro hay un cadáver, y todos se ríen. Y entonces llega la revelación:
Es una corona de flores,
Una corona de flores en el maletero. No hay crimen, hay funeral. La canción convierte la ruptura en un entierro simbólico, y la corona es el atrezo. El diario del planeta tiene el análisis completo de ese funeral con corona para un ex. Aquí lo que nos interesa es el maletero como escenario cómico.
Porque el maletero es el lugar de las sorpresas. En los maleteros de las familias españolas se han transportado cosas imposibles: neveras portátiles con tortilla para seis, sillas plegables, sombrillas, un perro que no cabía delante, garrafas de agua del pueblo, la compra de una semana, un árbol de Navidad, el colchón de la abuela, la mudanza de un hijo en tres viajes. Que en un maletero aparezca una corona de flores para un ex es, en ese catálogo, casi normal.
El ambientador de pino y otros olores
Ningún repaso al coche cotidiano estaría completo sin hablar de los olores. El ambientador con forma de árbol, colgado del retrovisor, es uno de los objetos más reconocibles del mundo. Existe desde los años cincuenta y ha decorado millones de coches con su color verde y su olor a bosque de laboratorio. Hay quien lo cambia cada mes y hay quien tiene el mismo desde que compró el coche, ya sin olor, convertido en reliquia.
Luego están los olores que ningún ambientador tapa: el del bocadillo de la excursión, el de la crema solar en verano, el del perro mojado después de la playa, el del tabaco de un dueño anterior que se ha quedado pegado a la tapicería para siempre. El coche guarda olores como guarda recuerdos. Basta con abrir la puerta de un coche viejo para que vuelva de golpe un verano entero.
Aparcar, ese deporte nacional
Si conducir es un arte, aparcar en una ciudad española es un deporte de riesgo. Dar vueltas a la manzana durante veinte minutos, ver un hueco, darse cuenta de que es un vado, ver otro hueco, intentar meter el coche en un espacio donde no cabría ni una moto, escuchar los consejos que da desde la acera un señor jubilado que no conduce desde 1987 y acabar en doble fila con los cuatro intermitentes, que en España funcionan como una especie de salvoconducto mágico.

Las letras de Mike no hablan de aparcamiento, pero su humor encaja perfectamente con esa épica de lo pequeño. El planeta se ríe de los grandes dramas de la vida cotidiana, y pocas cosas son tan dramáticas como un sábado por la tarde buscando sitio en el centro con alguien en el asiento de al lado diciendo que allí, que allí cabe.
La ITV, el examen que vuelve
Y cuando creías que ya no tendrías que examinarte nunca más, llega la ITV. La inspección técnica del vehículo es el examen del carnet para el coche, y provoca los mismos nervios. Las luces, los frenos, las ruedas, los gases. Uno llega con el coche recién lavado como quien va a una entrevista de trabajo con camisa planchada, aunque sabe perfectamente que eso no influye en nada.
Hay una relación secreta entre la ITV y las mariposas de «Ese chulito». Las dos son una prueba en la que alguien te mira con atención y decide si sigues adelante. Las dos dan miedo. Y las dos, cuando salen bien, te dejan con una sonrisa tonta durante el resto del día.
La operación salida y el bocadillo de tortilla
Cada verano, la Dirección General de Tráfico anuncia la operación salida, y cada verano millones de personas se suben al coche a la vez para ir a la playa, al pueblo o a casa de los suegros. Es uno de los grandes rituales colectivos del país. Hay quien sale de madrugada para evitar el atasco y se encuentra con que todo el mundo ha tenido la misma idea. Hay quien sale a mediodía por llevar la contraria y se come el sol de agosto en una autovía parada.
Los viajes de verano en familia tienen su propio guion. Alguien pregunta cuánto falta antes de llegar a la primera rotonda. Alguien se marea en las curvas. Alguien tiene que ir al baño justo después de pasar el área de servicio. La madre saca el bocadillo de tortilla envuelto en papel de aluminio a las once de la mañana, porque en el coche el horario de comidas no existe. El padre se niega a parar hasta que el depósito está en reserva. Y la radio pierde la emisora cada vez que se cruza un puerto de montaña.
Las canciones del planeta conocen bien ese universo, porque está hecho de lo mismo que sus letras: frases que todo el mundo ha dicho alguna vez, objetos que todo el mundo ha tenido en la mano y pequeñas tragedias que vistas desde fuera dan mucha risa. La cinta de Camela del estribillo de «La despedida» tiene sentido precisamente ahí, en ese coche cargado hasta el techo con una sombrilla atravesada entre los asientos.
El coche como confesionario
Hay una cosa que los psicólogos de sobremesa repiten mucho y que cualquiera puede comprobar: en el coche se habla de otra manera. Como no hay que mirarse a la cara, las conversaciones difíciles salen solas. Padres que nunca preguntan nada de repente preguntan. Hijos que nunca cuentan nada de repente cuentan. Amigas que llevaban meses sin decir lo que pensaban lo sueltan entre dos peajes.

Muchas personas LGTBI recuerdan alguna conversación importante dentro de un coche. Una salida del armario a medias en el trayecto de vuelta del instituto. Un silencio largo después de una pregunta incómoda en el asiento del copiloto. Una confesión a la mejor amiga aparcados delante de su portal, con el motor apagado y sin ganas de despedirse. El coche tiene algo de cabina cerrada, de burbuja donde el mundo exterior no entra del todo.
Por eso tiene tanta lógica que las mariposas de «Ese chulito» vengan acompañadas de un recuerdo con el coche en marcha. No es casualidad. Es el sitio donde muchas veces uno se da cuenta de lo que siente, con la carretera delante y una canción sonando de fondo.
El último coche del pueblo
Y luego están los coches que ya no circulan pero que todo el mundo recuerda. El de los abuelos, que se conservaba con una funda puesta en la cochera y solo se sacaba para ir a misa. El primer coche de segunda mano, comprado con los ahorros de varios veranos y con una puerta de otro color. El coche de la amiga que tenía carnet antes que nadie y hacía de taxi para todo el grupo los viernes por la noche.
Esos coches forman parte de la memoria sentimental tanto como las canciones. Están unidos a ellas de una manera inseparable: cada cinta tiene su coche y cada coche tiene su cinta. Quizá por eso las letras del planeta, que están tan atentas a lo pequeño, los usan como decorado una y otra vez.
Pequeño reglamento del coche del planeta
Para quien quiera circular por el Planeta Gayfolk, aquí va un reglamento de tráfico deducido de las letras. No tiene validez legal, pero sí muchos años de experiencia en asientos traseros.
- Si sientes mariposas al volante, aparca antes de mandar mensajes.
- La cinta de Camela no se discute. Se pone.
- El copiloto elige la música, pero el conductor tiene derecho a veto.
- No te fijes en el coche de nadie para decidir si te gusta.
- Lo que hay en el maletero puede ser una corona de flores. Pregunta antes de imaginar lo peor.
- La guantera no se ordena. Se acepta.
- Los cuatro intermitentes no te dan permiso para todo.
El coche como salón con ruedas
Mirados todos juntos, los coches del planeta cuentan algo que va más allá de la mecánica. Son un espacio de intimidad en movimiento. En el coche se dicen cosas que en casa no se dicen, porque se habla mirando a la carretera y no a la cara. Se escuchan canciones que en público darían vergüenza. Se llora sin testigos y se ríe sin freno. Se guarda una corona de flores para un ex y se recuerda un examen de hace años como la última vez que algo te importó de verdad.
Las letras de Mike están llenas de esos espacios cotidianos donde pasan cosas grandes. El coche es uno de los mejores, porque mezcla lo práctico con lo sentimental. Sirve para ir a trabajar y para huir un fin de semana. Sirve para llevar la compra y para llevar el corazón roto. En la página de prensa están los datos y las fechas de la trilogía, pero no figura este otro dato: que muchas de sus canciones suenan mejor con el cinturón abrochado.
Así que la próxima vez que subas al coche, mira la guantera con cariño, revisa lo que llevas en el maletero y deja que el copiloto ponga lo que quiera. Si suena Melendi y te entran mariposas, no pasa nada. Te pasó lo mismo en el examen y aprobaste.
«Ese chulito» está en Spotify dentro del primer álbum de la trilogía GAYFOLK, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk».
Preguntas frecuentes
¿En qué canción se compara el enamoramiento con el examen del carnet de conducir?
En «Ese chulito», del primer álbum de la trilogía GAYFOLK. El narrador siente mariposas en el estómago y recuerda que la última vez que las sintió fue cuando se examinó del carnet.
¿Qué canción del planeta habla de las canciones de Camela en el coche?
«La despedida», del primer álbum, que es un homenaje a Camela y menciona sus canciones en el coche y hasta un coche de choque rosa.
¿Qué hay en el maletero en «Un puñetazo al día»?
Una corona de flores. La letra juega con el suspense: alguien bromea con que será un cadáver, y resulta ser una corona, parte del funeral simbólico que la canción le dedica a un ex.
¿Los personajes de estas letras existen?
No. Los nombres y personajes de las canciones de Mike Sain't Louis son inventados, aunque las escenas de coche se parezcan mucho a las de cualquier familia.
¿Quién escribe estas canciones?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, creador del universo de Planeta Gayfolk.