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El vampiro de salón: Polidori, Villa Diodati y Lord Ruthven, leídos con «Como en la matanza de Texas»

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Fotograma del videoclip de «Como en la matanza de Texas»: una silueta de espaldas en una habitación iluminada de magenta, con velas encendidas al fondo

En enero de 1732, en una aldea del centro de Serbia, un grupo de soldados austriacos desenterró a más de una docena de muertos. Los vecinos estaban aterrados: decían que algunos de esos cadáveres salían de noche a chupar la sangre de los vivos. El cirujano que dirigía la comisión abrió los ataúdes, examinó los cuerpos, anotó cuáles parecían demasiado frescos y firmó un informe. Pocos meses después, ese informe circulaba por periódicos de media Europa, y una palabra que casi nadie conocía en Londres o en París se puso de moda: vampiro.

Ochenta y siete años más tarde, el vampiro ya no era un cadáver hinchado en un cementerio de pueblo. Era un caballero pálido, rico y seductor que entraba en los salones de Londres, encandilaba a las damas, arruinaba a quien se le acercaba y se marchaba sin que nadie se atreviera a acusarle. Ese salto, del muerto de aldea al depredador de salón, es una de las transformaciones más interesantes de la literatura europea. Y es también el retrato que dibuja «Como en la matanza de Texas»:

Arrastras tus cadenas por el bar,

Con esa sonrisa forzada al saludar

Muerdes sin sangrar, pero dejas cicatriz,

En cada tipo bueno que logras seducir.

El vampiro de la canción no vive en un castillo. Está en el bar, sonríe al saludar y no deja marcas a la vista. El diario ya ha leído esta letra desde el cine de terror en el vampiro que no deja manchas. Esta entrada se va más atrás, a los siglos en los que se inventó este personaje elegante.

Un informe con sello militar

Tras la paz de Passarowitz, en 1718, parte del norte de Serbia quedó bajo el dominio de los Habsburgo. La frontera con el Imperio otomano estaba vigilada por colonos armados, los hajdukes, y por médicos y oficiales del ejército austriaco. Fue uno de esos cirujanos de regimiento, Johann Flückinger, quien llegó a Medveđa a principios de 1732 para investigar una ola de muertes que los vecinos atribuían a los vampiros.

La historia que le contaron empezaba años atrás con un hajduk llamado Arnont Paole, que en los textos alemanes aparece con varias grafías. Según los aldeanos, Paole decía haber sido atormentado por un vampiro en tierras turcas y haberse protegido comiendo tierra de su tumba y untándose con su sangre. Murió al caerse de un carro de heno, y poco después varios vecinos aseguraron que se les aparecía. Cuando lo desenterraron, dijeron encontrarlo incorrupto y con sangre fresca en la boca. Le clavaron una estaca y lo quemaron. Años más tarde, cuando hubo nuevas muertes, el pueblo volvió a sospechar.

Flückinger y sus acompañantes exhumaron los cuerpos y describieron con detalle cuáles estaban descompuestos y cuáles no. Los que parecían frescos fueron decapitados y quemados por los propios hajdukes. El informe, fechado en Belgrado y titulado Visum et Repertum, viajó a Viena y desde allí a la imprenta. Se publicó en Núremberg, se tradujo, se resumió en revistas y se discutió en universidades. En pocos meses, el vampiro balcánico se convirtió en un asunto de debate europeo.

Hoy los historiadores y los médicos explican muchos de aquellos detalles por procesos normales de descomposición: la hinchazón por los gases, la sangre que asoma por la boca, la piel que se desprende y deja ver otra debajo, el pelo y las uñas que parecen crecer porque la carne se retrae. A esto se sumaban las epidemias, que encadenaban muertes en una misma familia, y el miedo, que lo organizaba todo en una historia con culpable.

Dos benedictinos contra el miedo

El debate llegó pronto a los monasterios. En 1746 el benedictino francés Agustín Calmet, un erudito respetadísimo por sus comentarios a la Biblia, publicó un tratado sobre las apariciones de espíritus y los vampiros de Hungría, Bohemia, Moravia y Silesia. Calmet recopiló docenas de casos, los comparó, se mostró escéptico con muchos de ellos y, aun así, dejó algunas puertas abiertas. El libro se leyó muchísimo, y precisamente su tono dudoso contribuyó a que la palabra vampiro siguiera circulando.

En España le contestó otro benedictino, Benito Jerónimo Feijoo, el gran divulgador de la Ilustración española, desde su celda de Oviedo. En el tomo IV de sus «Cartas eruditas y curiosas», publicado en 1753, incluyó unas reflexiones críticas sobre las dos disertaciones de Calmet. Su conclusión fue clara. Los relatos de vampiros eran, según Feijoo, el resultado del miedo, de la imaginación alterada, de la superstición y de relaciones falsas que se copiaban unas a otras. No había que creerlas.

Es bonito pensar que uno de los primeros textos en español sobre vampiros sea un ejercicio de sentido común. Feijoo no se burla de los aldeanos asustados. Les explica que el miedo, cuando se contagia, puede convertir cualquier cadáver en un monstruo. Una lección que sirve para muchas otras cosas.

El año sin verano

Para que el vampiro se mudara del cementerio al salón hizo falta un volcán. En abril de 1815 entró en erupción el monte Tambora, en la isla indonesia de Sumbawa. Fue una de las erupciones más violentas de la historia registrada. Las cenizas y los gases que lanzó a la atmósfera enfriaron el clima de medio planeta, y 1816 pasó a la historia en Europa y Norteamérica como el año sin verano: lluvias, frío, cosechas perdidas y cielos raros.

Fotogramas del videoclip oficial de «Como en la matanza de Texas», de Mike Sain't Louis

Aquel junio, Lord Byron, el poeta más famoso y más escandaloso de Inglaterra, alquiló una casa a orillas del lago de Ginebra, Villa Diodati. Se había marchado de su país perseguido por las deudas, por la separación de su esposa y por los rumores sobre su vida amorosa, que incluían relaciones con hombres. Viajaba con un médico personal de veinte años, John William Polidori, hijo de un exiliado italiano, recién licenciado en Edimburgo y con ambiciones literarias.

Muy cerca se instalaron el poeta Percy Bysshe Shelley, su compañera Mary Godwin y la hermanastra de esta, Claire Clairmont. La lluvia les obligó a pasar muchas noches encerrados junto al fuego, leyendo historias de fantasmas alemanas traducidas al francés. Una de esas noches, Byron propuso un juego: que cada uno escribiera su propia historia de terror.

Del juego salieron dos criaturas inmortales. Mary Godwin, que tenía dieciocho años, empezó a imaginar la historia de un estudiante que da vida a un cuerpo hecho de piezas, el germen de «Frankenstein», que publicaría en 1818. Byron empezó un relato sobre dos viajeros ingleses en Oriente, uno de los cuales muere misteriosamente después de hacer jurar a su compañero que guardará un secreto. Lo dejó a medias. Polidori recogió esa idea y la convirtió en algo propio.

Lo que se leía junto al fuego

Sabemos bastante de aquellas noches gracias a dos fuentes. La primera es el diario que Polidori llevó durante el viaje, que no se publicó hasta 1911, cuando lo editó su sobrino William Michael Rossetti, hermano del pintor Dante Gabriel Rossetti. La segunda es la introducción que Mary Shelley escribió en 1831 para una nueva edición de «Frankenstein», donde recordó, quince años después, cómo había nacido su novela.

El libro que leían se llamaba «Fantasmagoriana», una antología de relatos de fantasmas alemanes traducida al francés y publicada en 1812. Había en ella historias de retratos que cobran vida, novias muertas que vuelven a reclamar a su amado y maldiciones familiares que pasan de generación en generación. Mary Shelley recordaba especialmente la de un padre condenado a dar el beso de la muerte a todos los hijos menores de su casa. Era el material perfecto para una noche de tormenta.

La introducción de 1831 cuenta también que durante varios días ella fue la única que no encontraba su historia. Cada mañana le preguntaban si ya la tenía, y cada mañana tenía que decir que no. Hasta que una noche, después de escuchar una conversación entre Byron y Shelley sobre los experimentos con electricidad y la posibilidad de devolver la vida a la materia, se acostó y, con los ojos cerrados, vio la imagen de un estudiante arrodillado junto a la criatura que acababa de construir. Así nació «Frankenstein».

De Polidori, el diario cuenta que también intentó escribir su historia aquellos días, una idea sobre una dama con cabeza de calavera que Mary Shelley mencionó con cierta guasa en la misma introducción. No le salió. Su relato de verdad llegaría después, cuando ya se había separado de Byron, y partiría del fragmento abandonado por el poeta. Hay algo de justicia poética en que el médico al que todos miraban por encima del hombro acabara inventando uno de los personajes más imitados de la literatura.

Villa Diodati sigue en pie en Cologny, en las afueras de Ginebra, sobre una ladera que mira al lago. Es una casa privada y no se puede visitar por dentro, pero desde el camino se reconoce la fachada clásica en la que, durante unas semanas de lluvia, se escribió buena parte del imaginario de terror que seguimos consumiendo dos siglos después.

Lord Ruthven entra en escena

El 1 de abril de 1819, la revista londinense The New Monthly Magazine publicó un relato titulado «The Vampyre». La revista lo presentó como obra de Lord Byron, y el nombre del poeta disparó las ventas. Polidori, que había roto con Byron y llevaba tiempo intentando abrirse camino como escritor, tuvo que mandar una carta a la revista explicando que la idea de partida era de Byron, pero que el relato era suyo. El malentendido le persiguió el resto de su corta vida.

Mike Sain't Louis en un escenario con foco rosa y un planeta con anillos, con el verso «En cada tipo bueno que logras seducir.» de «Como en la matanza de Texas»

El protagonista de «The Vampyre» es Lord Ruthven, un aristócrata de mirada gris y rostro mortecino que aparece de pronto en las fiestas de Londres. Nadie sabe de dónde ha salido, pero todos quieren tenerlo cerca. Las mujeres se disputan su atención, aunque él parece no mirar a ninguna. Un joven ingenuo y rico, Aubrey, se deja fascinar por él y se marcha con él a recorrer Europa. Poco a poco comprende que allí donde pasa Ruthven quedan personas arruinadas, reputaciones destrozadas y mujeres muertas. Pero cuando intenta advertir a los demás, nadie le cree. Ruthven le ha hecho jurar silencio, y el joven acaba enfermo, tomado por loco, mientras el vampiro se casa con su hermana.

El nombre tampoco era inocente. Lady Caroline Lamb, examante de Byron, había publicado en 1816 la novela «Glenarvon», un ajuste de cuentas apenas disimulado en el que el seductor irresistible y cruel, inspirado en el poeta, se llamaba Clarence de Ruthven, lord Glenarvon. Polidori tomó el apellido de ahí. Muchos lectores entendieron que el vampiro elegante era un retrato del propio Byron.

Con Ruthven nace el vampiro moderno. Ya no es un campesino que se levanta del cementerio, sino alguien de nuestro círculo, encantador en público, que vive de la energía, el dinero y la vida de los demás. Su arma principal no son los colmillos. Es el carisma. Y el castigo de quien lo ve venir es que nadie le hace caso.

La canción en el bar de Ruthven

Leída junto a Polidori, la letra de «Como en la matanza de Texas» suena como una actualización del mismo personaje. Su vampiro tiene un método: escoge a quien ve más frágil, miente, manipula y se protege detrás de una cara de no haber roto nunca un plato.

Lord Ruthven elegía a jóvenes con dinero, ingenuos y deseosos de vivir aventuras. El vampiro de la canción busca al tipo bueno, al que se fía. Ruthven no deja huellas que la justicia pueda seguir. En la canción tampoco:

no hay prueba del delito ni un charco que limpiar

Y luego está lo más angustioso, lo que comparten el relato de 1819 y el tramo final de la letra: el momento en que la víctima pide ayuda. Aubrey intenta advertir a los demás y acaba tratado como un enfermo. En la canción, el protagonista corre gritando como en una película de terror, encuentra por fin a alguien que le escucha, ese buen hombre que se compadece de él y coge el teléfono para avisar a la policía. Y entonces aparece el vampiro detrás y le roba también a él la energía. La letra lo resume con una amargura que hace reír y doler a la vez:

¡De nada sirve la policía!

Es la misma pesadilla de Polidori con ritmo de pop: el depredador tiene mejor imagen que su víctima.

El efecto halo

¿Por qué funciona tan bien el carisma de Ruthven? La psicología tiene un nombre para una parte del fenómeno. En 1920 el psicólogo estadounidense Edward Thorndike publicó un estudio sobre cómo los oficiales del ejército evaluaban a sus soldados. Observó que, cuando un oficial tenía buena impresión de un hombre en un aspecto, por ejemplo su porte físico, tendía a puntuarlo alto también en inteligencia, lealtad o capacidad de mando, aunque no tuviera datos para ello. Llamó a ese sesgo efecto halo.

Collage con un detalle de la carátula de «Como en la matanza de Texas» y las carátulas de «Vampiro emocional», «El narcisista», «Igual que en las pelis slasher»

Lord Ruthven es un efecto halo con patas. Es noble, rico, elegante y misterioso, y la buena sociedad londinense rellena todo lo demás con virtudes que no tiene. Cuando Aubrey cuenta lo que ha visto, su testimonio choca contra ese halo y pierde. No porque mienta, sino porque la imagen del otro es más poderosa que los hechos.

La canción lo dice a su manera con esa sonrisa impostada en el saludo y esa cara de inocente que nadie pone en duda. La máscara funciona porque la gente quiere creerla. Por eso tantas personas que han vivido relaciones de abuso cuentan que lo más duro no fue solo el daño, sino la incredulidad de los demás. Saber que existe este sesgo no lo elimina, pero ayuda a escuchar con más cuidado a quien se atreve a romper el encanto.

Del relato al teatro

«The Vampyre» fue un éxito inmediato. En 1820 el escritor francés Charles Nodier lo adaptó al teatro en París con el título «Le Vampire», y ese mismo año el dramaturgo británico James Robinson Planché estrenó en Londres su propia versión, ambientada en Escocia. Para esa obra se inventó un mecanismo escénico, una trampilla de muelles en el suelo del escenario por la que el actor podía desaparecer de golpe, que en el mundo del teatro se sigue llamando trampa de vampiro. Hubo también versiones musicales en Alemania y parodias en los teatros de variedades. El lord pálido se convirtió en un personaje popular.

Polidori no disfrutó mucho de ese éxito. Murió en Londres en agosto de 1821, con veinticinco años, en circunstancias que se han interpretado como un suicidio, aunque el forense de la época dictaminó una muerte natural. Su historia, la del joven médico eclipsado por un genio famoso, es en sí misma un pequeño relato sobre el poder del carisma ajeno. Si este tema te toca de cerca o estás pasando un mal momento, en España puedes llamar gratis al 024, la línea de atención a la conducta suicida, a cualquier hora. En caso de emergencia, el 112.

La herencia de un lord pálido

Sin Lord Ruthven no se entiende a los vampiros que vinieron después. Su figura de aristócrata educado, que se mueve entre los vivos con naturalidad y usa la seducción como arma, pasó a los folletines por entregas de mediados del siglo XIX y llegó, ya muy transformada, a la novela que Bram Stoker publicó en 1897. El conde de Stoker es más monstruoso y más antiguo, pero también viaja a Londres, también se instala entre la gente respetable y también cuenta con que nadie creerá a quienes lo han visto de cerca. Los cazadores de la novela tienen que reunir diarios, cartas y recortes de prensa para que su historia resulte creíble. Es una novela sobre la dificultad de que te crean.

Ese hilo, el del testigo que no es escuchado, recorre toda la tradición. Va del joven Aubrey a los protagonistas de muchas películas de terror que suplican ayuda a una policía que llega tarde. La canción lo convierte en chiste negro precisamente porque todos conocemos el guion. La letra lo compara con lo que pasa siempre en el cine, y más aún en el cine de miedo. El diario ha jugado con esos guiones en «Igual que en las pelis slasher».

Carmilla y el deseo que da miedo

En 1872 el escritor irlandés Joseph Sheridan Le Fanu publicó en su libro «In a Glass Darkly» la novela corta «Carmilla». La narradora es Laura, una joven que vive con su padre en un castillo aislado de Estiria, en Austria. Un accidente de carruaje deja en su casa a una muchacha bellísima y misteriosa, Carmilla, que se convierte en su amiga íntima. Carmilla la abraza, la besa, le dice palabras de amor ardientes. Laura se siente a la vez atraída e inquieta. Mientras tanto, enferma y se va quedando sin fuerzas.

Ficha de la canción «Como en la matanza de Texas» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

«Carmilla» es una de las primeras historias de vampiros con deseo entre mujeres, y por eso se ha leído mucho desde la crítica queer. Pero también es un ejemplo de algo que conviene mirar con cuidado: la literatura del siglo XIX convirtió muchas veces el deseo no normativo en monstruoso. El vampiro seductor, ambiguo, que no respeta las fronteras del género y del matrimonio, era a la vez una fantasía y una advertencia moral. El diario ha explorado esa ambivalencia en su repaso al cine de terror y la cultura queer, donde muchos monstruos son también reflejos de lo que la sociedad no quería ver.

Por eso es significativo el giro que hace la canción. El vampiro de «Como en la matanza de Texas» no es peligroso por su deseo, ni por su orientación, ni por ser diferente. Es peligroso por lo que hace: manipular, mentir, vaciar a los demás y luego aparecer como la víctima. El monstruo ya no es el raro. El monstruo es el que abusa.

El vampiro emocional fuera de los libros

La expresión vampiro emocional no es un diagnóstico clínico. Es una metáfora popular para hablar de personas que dejan a los demás agotados, que necesitan atención constante, que manipulan y que rara vez se responsabilizan de lo que hacen. En el planeta GAYFOLK tiene incluso su propio single, «Vampiro emocional», dentro de «El día de la liberación», al que el diario dedicó la órbita de «Vampiro emocional». Y conecta con canciones como «El narcisista», que el diario leyó como la batalla por contar la historia.

Mike Sain't Louis ha hablado de su propia experiencia: pasó muchos años en relaciones con personas narcisistas que, cuando por fin quedaron al descubierto, pusieron a parte de su entorno en su contra. Escribir canciones fue su manera de contar su versión cuando sentía que nadie la escuchaba, y hoy sigue un tratamiento psiquiátrico y psicológico que le ayuda a reconstruirse. En esa experiencia está la clave del final de la canción, ese buen hombre que al final no puede ayudar. Pero también está la salida: contar, buscar apoyo profesional y rodearse de gente que no se deja hipnotizar por el carisma del otro.

Si te reconoces en Aubrey o en el protagonista de la canción, no estás exagerando ni estás solo. Puedes llamar al 024 en España, consultar el Teléfono de la Esperanza en el 717 003 717 o buscar líneas de ayuda de tu país en findahelpline.com. Si eres menor, la Fundación ANAR atiende en el 900 20 20 10. Y el diario reúne más recursos en su sección sobre salud mental LGTBI.

Lo que Feijoo nos diría hoy

Vuelve uno a la carta de Feijoo con otra mirada. El sabio de Oviedo pedía a sus lectores que no se dejaran llevar por el miedo y que miraran los hechos. Sus vampiros no existían; eran cadáveres mal entendidos. Los vampiros de salón, en cambio, sí existen, aunque no muerdan. Para reconocerlos, el método sigue siendo el suyo: mirar lo que alguien hace y no lo que aparenta, comparar las versiones, escuchar a quien da la alarma y no reírse de su miedo.

La canción da la vuelta a la última escena de Polidori con una pequeña promesa: todo ciclo se termina, y el juego siniestro del vampiro acabará volviéndose contra él.

En el relato de 1819 el vampiro gana. En la canción, el ciclo se acaba. Es la diferencia entre una historia de terror y una historia de supervivencia.

Notas para escucharla

«Como en la matanza de Texas» forma parte de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK. Se puede escuchar en Spotify y ver en su videoclip oficial, un sueño febril de habitaciones magenta, velas encendidas, siluetas de espaldas, humo verde y caras que se deforman en colores ácidos. La información sobre su autor, Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, está en la página de prensa.

Una propuesta para escucharla: lee primero las primeras páginas de «The Vampyre», que están en dominio público y se encuentran fácilmente en internet. Fíjate en cómo entra Lord Ruthven en la fiesta, en cómo todos se giran a mirarlo. Luego pon la canción y escucha cómo el bar de la letra se convierte en ese salón. La diferencia es que esta vez quien cuenta la historia es el que sobrevivió.

Preguntas frecuentes

¿Quién escribió «The Vampyre»?

Lo escribió John William Polidori, médico personal de Lord Byron. Se publicó el 1 de abril de 1819 en la revista londinense The New Monthly Magazine, que lo atribuyó por error a Byron. Polidori tuvo que escribir a la revista para aclarar que Byron solo había aportado la idea de partida.

¿Qué pasó en Villa Diodati en 1816?

En junio de 1816, el llamado año sin verano, Lord Byron alquiló Villa Diodati, junto al lago de Ginebra. Con él estaban Polidori y, en una casa cercana, Percy Shelley, Mary Godwin, que después sería Mary Shelley, y Claire Clairmont. Encerrados por el mal tiempo, Byron propuso que cada uno escribiera una historia de fantasmas. De aquel juego salieron el germen de «Frankenstein» y el de «The Vampyre».

¿Qué fue el caso de Medveđa?

En enero de 1732 un cirujano militar austriaco, Johann Flückinger, investigó una serie de muertes en la aldea de Medveđa, en Serbia, que los vecinos atribuían a vampiros. Su informe, conocido como Visum et Repertum, se difundió por la prensa europea y convirtió la palabra vampiro en tema de debate en todo el continente.

¿Qué opinaba Feijoo de los vampiros?

El benedictino Benito Jerónimo Feijoo dedicó una de sus «Cartas eruditas y curiosas», en el tomo IV publicado en 1753, a comentar la obra de Agustín Calmet sobre apariciones y vampiros. Concluyó que esos relatos eran fruto del miedo, la imaginación y la superstición, y que no había que darles crédito.

¿De qué trata «Como en la matanza de Texas»?

Es una canción de Mike Sain't Louis incluida en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». Retrata a un vampiro emocional, alguien que seduce, manipula y deja a los demás sin fuerzas sin dejar pruebas visibles, y usa imágenes del cine de terror para contar lo difícil que es que te crean cuando pides ayuda.

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