Canciones
Hoja de contactos: «Una ilusión» y una infancia en blanco y negro
Por Mike Sain't Louis ·

Antes de que existieran las pantallas, los fotógrafos elegían sus fotos de rodillas sobre una mesa de luz. Revelaban el carrete entero, lo cortaban en tiras y lo positivaban por contacto sobre una sola hoja de papel: treinta y tantas imágenes diminutas, en fila, con los números del negativo en el borde. Luego cogían una lupa y un lápiz graso rojo, y marcaban. Una cruz para lo que no servía. Un círculo para la imagen buena. A veces, una flecha y una palabra en el margen.
El videoclip de «Una ilusión» se presta a esa forma de mirar. Está rodado en blanco y negro, avanza a base de cuadros casi quietos y cada plano parece una fotografía que alguien ha decidido conservar. Así que este post no es una crítica ni un análisis al uso: es una hoja de contactos. Fotograma a fotograma, con la lupa puesta y el lápiz rojo en la mano.
Una advertencia antes de encender la mesa de luz. La letra de «Una ilusión» no se ha publicado todavía, y aquí no aparece ni copiada ni transcrita de oído. Todo lo que sigue sale de lo que cualquiera puede comprobar: la portada del sencillo, los fotogramas del videoclip oficial, las etiquetas que Mike escribió al publicarlo, la posición del tema en el disco y las entradas de su diario donde menciona la canción. Cuando haga una lectura, la presentaré como lo que es: una lectura mía.
Cómo se lee una hoja de contactos
Una hoja de contactos no se mira como un álbum. Un álbum enseña lo que salió bien. La hoja de contactos enseña también lo que hubo alrededor: el plano anterior, el siguiente, el gesto que no llegó a ser foto. Por eso los fotógrafos la consideraban un documento íntimo, casi un diario. Ahí se ve cómo piensa alguien con la cámara.
El vídeo de «Una ilusión» funciona de un modo parecido. No hay una historia lineal con principio, nudo y desenlace. Hay estampas. Un niño de pie en un escenario. Otro dormido en el suelo. Uno en un columpio. Uno dibujando. Un adulto en medio de unas ruinas. Humo. Un aula destrozada. Las imágenes no se explican entre sí: se acompañan, como las tiras de negativo que se ponen una debajo de otra.
Tampoco está claro si es siempre el mismo niño. A ratos parece que sí; a ratos, otro de rasgos distintos ocupa su lugar. Esa duda forma parte del efecto. Lo que se cuenta no le pasa a un personaje con nombre y apellidos, sino a la infancia como tal, a cualquier niño que haya crecido cerca de una guerra.
La elección del blanco y negro no es neutra. En la cultura visual del siglo XX, el blanco y negro es el color de la memoria y del documento: el noticiario, la foto de prensa, la imagen de archivo que se proyecta en los colegios cuando toca hablar de una guerra. Cualquier escena rodada así parece, de inmediato, algo que ya pasó y que alguien tuvo que guardar.
Contacto 1: un uniforme que le sobra por todas partes
Marca en lápiz rojo: círculo.
La primera imagen es la de un niño pequeño, rubio, de pie en el centro de un escenario. Detrás de él hay una pared blanca iluminada por dos focos y, más arriba, filas de butacas vacías. Lleva una guerrera militar con bolsillos de parche y unos pantalones a juego, y unas botas negras de cordones. Tiene los brazos pegados al cuerpo, como en un posado de colegio.
Lo que llama la atención es la talla. El uniforme está hecho para su cuerpo, pero no para su edad. Es la ropa de alguien que debería tener veinte años y tiene cinco. La imagen no necesita más: un traje de soldado en un niño es una contradicción que se entiende sin palabras.
El escenario vacío añade una capa. Es un sitio para actuar, para ser mirado, para la función de fin de curso. Y sin embargo no hay público. El niño está colocado como si le fueran a hacer una foto oficial, de las que se mandan a la familia, pero nadie la está haciendo. Solo están los focos.
Hay una tradición entera de retratos así. Los estudios fotográficos de principios del siglo XX vestían a los niños de marinero, de militar o de primera comunión, y la foto se enmarcaba en el salón. Era un juego de adultos sobre el cuerpo de un crío. Aquí ese juego se vuelve inquietante, porque el resto del vídeo nos va a enseñar que el uniforme no es un disfraz.
Contacto 2: dormir debajo de algo
Marca en lápiz rojo: círculo, y una flecha.

En la segunda imagen, un niño duerme en el suelo, de lado, con la cabeza metida bajo una sábana o un mantel que cuelga de una mesa. Lleva puesto un casco claro, de los de obra o de los de bici, demasiado grande para él. Tiene una mano abierta sobre el suelo, que está sucio, cubierto de papeles arrugados y polvo. La luz entra en franjas por un lado.
Más adelante aparece otra variante del mismo gesto: un niño tumbado sobre una cama, tapado hasta la frente con una manta que forma una especie de tienda de campaña sobre su cabeza. Duerme con la boca entreabierta.
Cualquiera que haya sido niño conoce ese refugio. Meterse debajo de la mesa, hacer una cabaña con las sábanas, taparse la cabeza cuando hay ruido en la casa. Es el primer escondite que inventamos. Lo que el vídeo hace es poner ese gesto infantil al lado del casco, y entonces la cabaña deja de ser juego. Debajo de la mesa es donde uno se mete cuando caen cosas del cielo.
La flecha del margen apunta a la mano abierta. Es el detalle más tierno de toda la hoja: un niño que, aun dormido en un sitio así, no aprieta el puño.
Contacto 3: un columpio oxidado
Marca en lápiz rojo: círculo doble.
Un patio de tierra con hojas secas. Una estructura de columpios de tubo metálico, oxidada, con cadenas largas. En uno de los asientos, un niño moreno con camiseta blanca y pantalón corto se agarra a las cadenas con las dos manos y mira a cámara, muy serio. En otra toma, desde más lejos, se balancea de pie mientras otros críos pasan por detrás, y una franja de neblina lo desdibuja todo.
El columpio es uno de los objetos más cargados de la historia del arte. En 1767, Jean-Honoré Fragonard pintó «El columpio», hoy en la Colección Wallace de Londres: una joven vestida de rosa vuela entre árboles mientras un pretendiente escondido entre las flores le mira bajo la falda. Es el emblema del rococó, de la frivolidad feliz, del aire.
El columpio de «Una ilusión» es lo contrario. No vuela nadie. El niño está sentado, quieto, con los pies casi en el suelo. El hierro está comido por el óxido y alrededor no hay flores, sino tierra. Es el columpio de un parque que nadie ha cuidado en mucho tiempo, quizá porque los adultos tenían otras urgencias.
Y aun así, el niño está ahí. Ha ido al columpio. Eso es lo que me hace marcarlo con doble círculo: la insistencia de la infancia en jugar donde sea, con lo que haya, aunque el parque esté roto. Si hay una ilusión en este vídeo, se parece mucho a ese gesto.
Contacto 4: dibujar a la luz de la ventana
Marca en lápiz rojo: círculo, y la palabra «esta».
Un niño de perfil, inclinado sobre un pliego de papel grande extendido en el suelo. La luz entra por una ventana que no vemos y dibuja rectángulos blancos sobre el papel. En la mano tiene un trozo de carboncillo o un lápiz muy gastado. Ha dibujado figuras humanas sencillas, de palo, una al lado de otra, como se dibuja a la familia cuando uno tiene cinco años. Alrededor del dibujo, manchas, tachones y restos de suciedad.
Los dibujos infantiles de figuras en fila son casi universales. Primero la madre o el padre, luego los hermanos, luego uno mismo, a veces el perro. Las maestras los cuelgan en el corcho del aula y los padres los pegan en la nevera. Son el primer retrato que hacemos de nuestro mundo.
Por eso pesan tanto en un vídeo así. No sabemos a quién ha dibujado el niño, ni cuántos de ellos siguen con él. El vídeo no lo dice y yo no lo voy a inventar. Lo que sí se ve es que el papel está en el suelo, y que el suelo está lleno de restos. Dibuja en mitad de algo que se ha roto.
Esta es la imagen que yo elegiría si tuviera que quedarme con una. El lápiz rojo escribe «esta» en el margen, como hacían los fotógrafos con la foto que iba a ir a imprenta.
Contacto 5: un abrigo con los brazos abiertos
Marca en lápiz rojo: interrogación.
De pronto, un adulto. Un hombre con un abrigo largo y oscuro, de espaldas a un cielo lleno de nubes, abre los brazos en cruz. Está de pie entre muros de piedra derrumbados, sobre un terreno lleno de escombros. Al fondo, más casas en ruinas y unas montañas.
Es el único plano de la hoja donde un adulto ocupa el centro. Y su gesto es ambiguo, por eso le pongo una interrogación. Los brazos abiertos pueden ser un abrazo que espera, una rendición, un grito sin sonido, una pose de profeta o la manera de decir «mira lo que queda». Cada quien lo leerá a su modo.
En la lógica de la hoja de contactos, este fotograma sirve de bisagra. Hasta aquí, los niños. A partir de aquí, las consecuencias. Puede ser el niño del principio, ya crecido. Puede ser cualquiera de los adultos que no supieron o no pudieron protegerlo. Puede ser alguien que vuelve a su pueblo y se encuentra con las paredes en el suelo. El vídeo no lo resuelve, y es mejor que no lo haga.
Contacto 6: humo en un pasillo de hormigón
Marca en lápiz rojo: cruz, tachada luego, y círculo.

Un pasillo de hormigón visto en perspectiva, con dos franjas de luz blanca en el techo que convergen hacia el fondo. En el centro, una figura agachada, encogida, con las manos en la cabeza, rodeada de una nube espesa de humo blanco que le tapa medio cuerpo.
Es la imagen más dura de la serie y la más difícil de mirar. Por eso, en mi hoja imaginaria, primero lleva una cruz y luego un círculo: la tentación de descartarla y la certeza de que sin ella el resto no se entiende.
La postura es la de alguien que se protege de algo que viene de arriba o de alrededor. Es también una postura que muchas personas adoptan cuando un recuerdo las asalta sin aviso, aunque estén en un sitio seguro. No hace falta que haya humo de verdad para que el cuerpo reaccione como si lo hubiera. Ese es, precisamente, uno de los asuntos que las etiquetas del vídeo ponen sobre la mesa, y que veremos más abajo.
Contacto 7: una pizarra rota
Marca en lápiz rojo: círculo.
Un aula. Dos pizarras verdes llenas de garabatos de tiza, una de ellas con un trozo arrancado. La pared tiene desconchones y marcas como de impactos. Los pupitres, de madera vieja, están vacíos y desordenados. Entre las dos pizarras, junto a una puerta abierta por la que entra una luz cegadora, hay un niño de pie con un jersey de rayas, mirando a cámara.
Si el columpio era el juego interrumpido, el aula es la educación interrumpida. Un colegio es el lugar donde una sociedad le promete a un niño que habrá futuro: aprende esto, que te servirá cuando seas mayor. Un aula con la pizarra rota es una promesa rota.
Lo que me impresiona es que el niño no huye. Está de pie, en su sitio, como si esperase a que llegue la maestra. La puerta está abierta y fuera hay luz, pero él no sale.
La copia a color: el adulto frente al acantilado
Marca en lápiz rojo: ninguna. Esta no va en la hoja.
La portada del sencillo no pertenece a la hoja de contactos. Es otra imagen, a color, y parece tomada en otro momento de la vida. Un hombre adulto, con tupé alto, barba y el pecho tatuado con un corazón, está sentado al borde de un acantilado verde que cae sobre el mar. Lleva un traje de cuadros morado con un pañuelo en el bolsillo y la camisa abierta. Tiene los ojos cerrados y la cara contraída en un llanto. Detrás, sobre el promontorio, se recortan las ruinas de un castillo. El cielo está cargado, con una franja de luz de atardecer cerca del horizonte. Los bordes de la imagen están rotos y desgastados, como los de una foto que ha pasado mucho tiempo en una cartera.
Puesta al lado del vídeo, la portada cambia de sentido. Las ruinas del castillo riman con las ruinas de piedra del contacto 5. El llanto del adulto rima con el niño que se tapa la cabeza. La foto gastada rima con el blanco y negro. Mi lectura, y la ofrezco solo como lectura, es que portada y vídeo son el antes y el después de una misma herida: el niño que vivió aquello y el hombre que, años después, se sienta frente al mar y lo deja salir.
Esa lectura no la ha hecho Mike, que yo sepa. Él, en su texto sobre la canción en mikesaintlouis.com, se limitó a describir la portada y a dejar una duda abierta sobre si la ilusión del título es algo que se espera o algo que se perdió. Me gusta que no la resuelva.
Lo que está escrito al margen: las etiquetas
En una hoja de contactos, las notas del margen suelen ser más reveladoras que las propias fotos. En el caso de «Una ilusión», ese margen son los hashtags con los que Mike publicó el vídeo en YouTube. Conviene leerlos como lo que son, etiquetas, y no como letra.
Hay un grupo que habla de la imagen: poética visual, arte en blanco y negro, cine con alma, cine musical. Otro grupo habla del tema: infancia y dolor, niños y trauma, niños de la guerra, niño interior, recuerdos que duermen. Un tercero apunta al sentido colectivo: memoria colectiva, arte social, arte con mensaje, justicia poética. Y luego están dos etiquetas clínicas, trastorno de estrés postraumático y fobia social, junto a las de siempre: GayFolk, LGTBQ, el universo del planeta.
Leídas en conjunto, dibujan un mapa claro. El vídeo quiere hablar de lo que la guerra le hace a la infancia, de cómo eso se queda guardado en el cuerpo y en la memoria, y de por qué recordarlo es una forma de justicia. Las etiquetas de salud mental no significan que la canción sea un diagnóstico, ni que cuente la vida de nadie en concreto. Indican el territorio por el que se mueve.
Hay una etiqueta que me hizo sonreír: locura poética. En medio de tanto dolor, Mike no renuncia a su gesto de siempre, ese que mezcla lo serio y lo desmesurado. También aparece la que lo define como autor LGTB, que aquí funciona casi como una firma al pie de la hoja.
Dibujos de niños que sobrevivieron a su guerra
El contacto 4, el del niño que dibuja, conecta con una historia real y muy documentada. Durante la Guerra Civil española, muchos niños refugiados dibujaron lo que estaban viviendo en colonias y escuelas de acogida. Una selección de esos dibujos se publicó en 1938 en Estados Unidos con el título «They Still Draw Pictures!», con un prólogo de Aldous Huxley. Huxley escribió allí, en esencia, que aquellos dibujos mostraban a la vez el horror que los niños habían visto y su capacidad para seguir creando.

Esa misma guerra provocó evacuaciones masivas de menores. En mayo de 1937 zarpó del puerto de Santurce el vapor Habana, con casi cuatro mil niños vascos rumbo a Southampton. Otros miles fueron enviados a Francia, Bélgica, México o la Unión Soviética, donde se les acabó llamando «los niños de Rusia». Muchos tardaron décadas en volver, y algunos no volvieron nunca. La etiqueta «niños de la guerra» que acompaña al vídeo tiene, en español, ese eco preciso.
Unos años después, en el gueto de Terezín, en la actual República Checa, la artista Friedl Dicker-Brandeis daba clases de dibujo a niños internados por los nazis. Ella fue deportada a Auschwitz en 1944, pero antes dejó escondidas dos maletas con unos 4.500 dibujos infantiles, que hoy conserva el Museo Judío de Praga. Mariposas, casas, flores, filas de literas, trenes. Exactamente lo mismo que dibuja cualquier niño, y exactamente lo que no debería haber tenido que dibujar ninguno.
Francisco de Goya, que no era un niño, hizo algo parecido con sus grabados de «Los desastres de la guerra», realizados entre 1810 y 1815 y publicados en 1863, mucho después de su muerte. En varias láminas aparecen niños entre los cuerpos y las ruinas. Goya los tituló con frases secas, casi anotaciones al margen de una hoja de contactos.
Y el cine en blanco y negro tiene sus propios contactos de esta historia. En «Alemania, año cero», de 1948, Roberto Rossellini siguió a un niño de doce años por las ruinas de Berlín. En «La infancia de Iván», de 1962, Andréi Tarkovski retrató a un crío convertido en explorador del ejército soviético. Las dos películas eligen el blanco y negro y las dos colocan a un niño en mitad de un paisaje destruido, como el videoclip de «Una ilusión».
Nada de esto aparece citado en el vídeo, conviene aclararlo. Son contactos que pongo yo al lado, para que se vea en qué tradición encaja la imagen. Es lo que hace un buen editor gráfico: buscar con qué otras fotos dialoga la que tiene delante.
Un derecho que se escribió tarde
Los niños de esas imágenes llegaron mucho antes que las leyes que debían protegerlos. La Convención sobre los Derechos del Niño fue aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas el 20 de noviembre de 1989, y España la ratificó al año siguiente. Es el tratado de derechos humanos más ratificado del mundo.
Dos de sus artículos parecen escritos para este vídeo. El 38 obliga a los Estados a proteger a los menores afectados por conflictos armados y a no reclutar a niños menores de quince años, que es exactamente lo que denuncia el uniforme del contacto 1. El 39 dice que los Estados deben promover la recuperación física y psicológica y la reintegración social de los niños víctimas de abandono, explotación, tortura o conflictos armados. Es decir: no basta con que la guerra termine. Hay que acompañar al niño después, durante el tiempo que haga falta.
Esa idea, la del después, es la que hace de puente entre el blanco y negro del vídeo y la portada a color. El niño del aula rota crece. Y lo que no se atendió entonces puede seguir ahí, en forma de sobresalto, de insomnio o de miedo a la gente, muchos años más tarde.
El niño que se queda dentro
Entre las etiquetas aparece «niño interior». Es un concepto de la psicología divulgativa, no un diagnóstico: la idea de que dentro de cada adulto sigue viva la parte de nosotros que fuimos de pequeños, con sus miedos, sus necesidades y su manera de jugar. Hay terapeutas que trabajan con esa imagen y otros que prefieren no usarla; para muchas personas es una metáfora útil para entender por qué ciertas cosas les duelen más de la cuenta.
El planeta de Mike vuelve a menudo a esa figura. En el diario hay una entrada titulada «Holy Stillness, una nana para el niño de dentro», y la canción que sigue a «Una ilusión» en el disco es «Beat My Post-Traumatic Stress», que lleva el trauma en el propio título y lo convierte en algo que se puede bailar.
Para las personas LGTBI, esa figura tiene un matiz particular. Muchas recordamos a un niño o una niña que ya sabía que era diferente, que aprendió pronto a esconder gestos, gustos o deseos, y que vivió el patio del colegio como un territorio hostil. No es una guerra con bombas, y sería injusto compararlo con lo que viven los niños del vídeo. Pero es otra forma de crecer en alerta, y también deja huella. Por eso el niño interior aparece tanto en la cultura queer: porque hay mucho que reparar.
Recuerdos que duermen: cuando el cuerpo no olvida
Otra etiqueta del vídeo dice «recuerdos que duermen», y otra nombra el trastorno de estrés postraumático. En el diario de la web hay una entrada que lo explica con calma, «Estrés postraumático explicado», y conviene leerla si el tema te toca.

En pocas palabras: después de vivir o presenciar algo muy amenazante, es normal sentir miedo, tener pesadillas o estar en guardia durante un tiempo. Cuando eso no remite y se prolonga, puede convertirse en un trastorno. Las señales más conocidas son revivir lo ocurrido como si estuviera pasando otra vez, evitar todo lo que lo recuerde, estar siempre alerta, sobresaltarse con facilidad, dormir mal y sentirse desconectado de los demás. El contacto 6, la figura encogida entre el humo, retrata muy bien esa sensación de que el peligro vuelve aunque ya no esté.
En los niños puede expresarse de otras formas: repitiendo en el juego lo que vivieron, dibujándolo una y otra vez, volviendo a conductas de cuando eran más pequeños o teniendo problemas en la escuela. Por eso los dibujos de la Guerra Civil o de Terezín se estudian también desde la psicología: eran la forma en que aquellos críos contaban lo que no podían decir.
Tiene tratamiento, y es importante decirlo. Existen terapias psicológicas específicas para el trauma con muy buenos resultados, y nunca es tarde para empezar. Mike ha contado públicamente que a los 41 años le diagnosticaron una depresión mayor y que la terapia le ayudó; lo cuenta, precisamente, para que pedir ayuda deje de verse como una derrota.
Si un recuerdo no te deja vivir
Si al ver este vídeo algo se te ha removido por dentro, no lo dejes pasar. Habla con alguien de confianza y, si lo que sientes dura o te pesa, pide cita con tu médico de cabecera, que puede derivarte a salud mental. Pedir ayuda por algo que ocurrió hace muchos años es perfectamente legítimo.
Si estás en un momento muy difícil, en España puedes llamar al 024, una línea gratuita y confidencial que atiende a cualquier hora del día y de la noche, también por chat y a familiares que están preocupados por alguien. Si hay un peligro inmediato, el número es el 112. El Teléfono de la Esperanza escucha en el 717 003 717, y la Federación Estatal LGTBI+ (FELGTBI+) tiene un servicio de atención en el 91 360 46 05.
Si eres menor de edad, o te preocupa un niño o una adolescente, la Fundación ANAR atiende gratis en el 900 20 20 10, y también en el 116 111, el número europeo de ayuda a la infancia. Y si vives fuera de España, llama al número de emergencias de tu país o busca una línea de apoyo cercana en findahelpline.com.
La tira de negativos en el disco: pista 53
En una hoja de contactos, las imágenes vecinas importan. En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK, «Una ilusión» ocupa la pista 53 de 86. Justo antes está «Louvre», que lleva al oyente a las salas de un museo. Justo después, «Beat My Post-Traumatic Stress», que baila sobre el trauma.
Es una secuencia muy significativa. Primero el museo, el sitio donde se conservan las imágenes que una sociedad decide que merecen durar. Después, la hoja de contactos de una infancia en guerra, en blanco y negro, como un fondo de archivo. Y por último, la pista de baile como forma de sacudirse lo que quedó dentro. Del arte que se guarda a la memoria que duele, y de la memoria al cuerpo que se mueve.
El título tiene además una pariente en el primer álbum: «No me aparece una ilusión», una canción hecha de negaciones. En el diario, Mike juntó las dos en la entrada «Cómo acompañar a alguien que está mal», donde dice que ambas ponen nombre a esa falta de ganas que acompaña a muchos momentos difíciles. Y en otra entrada, «Volver a ilusionarse», coloca «Una ilusión» junto a «Ya está amaneciendo» como esa luz que empieza a asomar después de una noche larga.
Esas dos lecturas de Mike, la de la falta y la de la luz, conviven en el vídeo. Hay ruinas y hay un niño que dibuja. Hay humo y hay un columpio. La hoja de contactos no elige: lo enseña todo.
Positivar la copia
Después de marcar la hoja, el fotógrafo bajaba al cuarto oscuro y ampliaba solo las imágenes con círculo. Las demás se quedaban en la hoja, pequeñas, sin ampliar, pero no se tiraban. Los fotógrafos guardaban las hojas de contactos durante toda su vida, porque sabían que una imagen descartada hoy puede ser la buena dentro de diez años.
Con la memoria pasa algo parecido. Hay recuerdos que preferimos dejar en pequeño, sin ampliar. Y hay momentos en que conviene sacarlos a la luz, mirarlos con la lupa y decidir qué hacemos con ellos, mejor con alguien al lado. Creo que «Una ilusión» habla de ese gesto: volver a la hoja de contactos de la infancia y encontrar, entre las cruces, algún círculo.
Mike, en su texto sobre la canción, recomendaba escucharla con calma, al final del día, cuando la casa ya está en silencio. Es un buen consejo. Ponla, mira el vídeo entero sin hacer otra cosa y elige tu propio fotograma.
La canción se descarga gratis en la ficha del sencillo y está en Spotify. Las letras que ya se han publicado están reunidas en la sección de letras, y en la sala de prensa hay fotos y datos de contacto para medios.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata el videoclip de «Una ilusión»?
Es un vídeo en blanco y negro protagonizado por niños en escenarios marcados por la guerra: un escenario vacío, un patio con columpios oxidados, un aula con la pizarra rota, ruinas de piedra y un pasillo lleno de humo. Las etiquetas con que Mike lo publicó hablan de infancia y dolor, niños de la guerra, niño interior y memoria colectiva.
¿Está publicada la letra?
Todavía no. Este artículo no la copia ni la reconstruye de oído: se basa en la portada, en los fotogramas del videoclip, en sus etiquetas y en las entradas del diario donde Mike menciona la canción.
¿En qué disco aparece?
En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK. Es la pista 53 de 86, entre «Louvre» y «Beat My Post-Traumatic Stress». El videoclip oficial se subió a YouTube el 7 de julio de 2025 y dura tres minutos y cuarenta y nueve segundos.
¿Quién está detrás de la canción?
Mike Sain't Louis, artista de Madrid y «el primer cantautor IA». Es letrista, compositor y productor musical; la música y las voces se generan con inteligencia artificial a partir de su trabajo.
¿La portada y el vídeo cuentan lo mismo?
No exactamente. La portada, a color, muestra a un adulto que llora frente al mar con unas ruinas detrás. El vídeo, en blanco y negro, va a la infancia. Leídos juntos parecen el antes y el después de una misma herida, aunque esa lectura es mía y no de Mike.
¿Dónde pedir ayuda si un recuerdo de la infancia no te deja vivir?
Un profesional de la psicología puede ayudarte, y tu médico de cabecera es la puerta de entrada. En España tienes el 024, gratuito y disponible a cualquier hora, y el 112 si hay peligro inmediato. Niños y adolescentes pueden llamar a la Fundación ANAR al 900 20 20 10. Fuera de España, marca el número de emergencias local o busca una línea en findahelpline.com.